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El conflicto entre Estados Unidos y China viene creciendo desde hace tiempo. Lo que hay detrás es que la política exterior y económica de Washington, desde el gobierno de Obama, se ha orientado a contener el creciente poder de China.
El presidente Donald Trump provocó una guerra comercial con China durante su primer mandato, y Joe Biden, en gran medida, la continuó. Al inicio de su segundo mandato, Trump intensificó el conflicto al anunciar aranceles de a gran escala. No es para nada una coincidencia que estos aranceles estuvieran orientados específicamente contra China; Trump ha amenazado en ocasiones a Beijing con aranceles del 145%. Pero, a diferencia del conflicto arancelario durante el primer mandato de Trump, esta vez los dirigentes chinos no han cedido. Por el contrario, han respondido a cada nuevo arancel con aranceles propios. Este enfoque ha tenido mucho éxito porque Washington no solo sobreestimó la dependencia de China del mercado estadounidense, sino que también subestimó la dependencia de los proveedores de servicios, las empresas energéticas y, especialmente, de los productores agrícolas estadounidenses del mercado chino.
Además, China cuenta con una ventaja propia: su dominio global de la extracción y el procesamiento de materiales de tierras raras. Las restricciones a la exportación impuestas por el presidente Xí Jìnpíng finalmente obligaron al gobierno de EE. UU. a sentarse la mesa de negociaciones. En su cumbre de octubre de 2025 en Busan, Corea del Sur, Trump y Xí acordaron una “tregua” de un año: en gran medida, los aranceles fueron revocados, y se reanudaron los envíos de tierras raras.
La lucha por los chips
Por el momento, la guerra comercial del gobierno de EE. UU. parece haber fracasado. En consecuencia, la atención se está desplazando hacia la guerra tecnológica que se libra en torno a los semiconductores. En este ámbito, la estrategia de Washington está orientada a asegurar el monopolio a largo plazo de las empresas estadounidenses sobre la inteligencia artificial —y, con ello, una herramienta geopolítica para el dominio global del gobierno de EE. UU.
Tanto la primera administración de Trump como la de Biden impusieron restricciones significativas a las exportaciones de los chips más avanzados hacia China. En Washington se da por sentado que China no podrá alcanzar a EE. UU. si no puede importar los semiconductores más modernos. Gina Raimondo, secretaria de Comercio de EE. UU. durante la administración de Biden, dijo que el gobierno de EE. UU. haría todo lo posible “para negarle a China la tecnología más avanzada”.
Sin embargo, Washington parece haber calculado mal, como lo ilustra lo ocurrido recientemente en la empresa estadounidense Nvidia, fabricante de los chips más avanzados. Hace apenas cinco años, los centros de datos, los laboratorios de investigación y los gigantes tecnológicos chinos operaban casi exclusivamente con hardware de Nvidia, cuya cuota de mercado en China rondaba el 95 por ciento. Cuando el gobierno de EE. UU. prohibió la exportación de los chips más avanzados hacia China, la empresa produjo versiones simplificadas de sus chips que cumplían con las regulaciones de exportación de EE. UU., que seguían resultando útiles para los compradores chinos.
Luego, en abril de 2025, Nvidia declaró que el gobierno de Trump también había bloqueado la venta de estos chips H200, de menor potencia, a China. El director ejecutivo de la empresa, Jensen Huang, informó que, a raíz de ello, la cuota de mercado de su empresa en China se desplomó por completo, y agregó: “No creo que ningún responsable político piense que eso es una buena idea”. Para empresas como Nvidia, China no es simplemente otro mercado más, sino el más grande y rentable para los chips de IA, que han impulsado el crecimiento que sustenta y justifica los asombrosos valores de mercado de la industria tecnológica.
Sin embargo, cuando el gobierno de Trump volvió a otorgar licencias de exportación para ciertos chips de Nvidia y AMD el pasado agosto, ocurrió algo que no había previsto: de repente, la situación se invirtió y ahora era Beijing quien prohibía la entrada de estos chips a China. Así que, mientras el gobierno de EE. UU. se enfocaba en los permisos de exportación para Nvidia a fin de que la empresa pudiera mantener su posición como líder del mercado, el gobierno chino trabajaba para reducir su dependencia de la tecnología estadounidense. Las empresas chinas ya habían desarrollado chips de alto rendimiento que ahora, sin la presión de la competencia extranjera, podían ampliarse para llenar el vacío en el mercado chino.
La pregunta clave sigue siendo si los chips chinos tienen la calidad suficiente para reemplazar a los estadounidenses. En Occidente predomina la idea de que los semiconductores chinos son imitaciones baratas, con un retraso de entre cinco y diez años respecto a la tecnología de vanguardia de EE. UU. De hecho, eso fue cierto durante mucho tiempo, pero la brecha parece haberse reducido recientemente. Huawei ha desarrollado el chip Ascend 910B, que se considera comparable al Nvidia A100. Ni siquiera es la generación más reciente de chips, pero sigue siendo lo suficientemente buena para la mayoría de los modelos de entrenamiento de IA. Alibaba desarrolló el Yitian 710, un procesador de servidor para computación en la nube, y ya lo ha implementado en toda la infraestructura de nube de la empresa.
El nuevo impacto del Sputnik
Aunque los desarrolladores chinos de IA aún tienen terreno por recuperar tanto en el diseño de chips como, en particular, en la producción, eso no es necesariamente una desventaja al desarrollar modelos de IA, dado que las empresas chinas tienden a convertir la adversidad en una virtud al buscar soluciones innovadoras.
Cuando la empresa china DeepSeek lanzó su modelo de IA en enero de 2025, causó un gran revuelo en los ámbitos de la tecnología y las finanzas debido a su costo de desarrollo extremadamente bajo, de entre 5 y 6 millones de dólares —una suma insignificante en comparación con las inversiones multimillonarias realizadas por gigantes tecnológicos de EE. UU. UU. como OpenAI o Meta. Al utilizar nuevas técnicas que revolucionaron el procesamiento de señales digitales y la compresión de datos, DeepSeek logró reducir drásticamente el número de chips de alto rendimiento necesarios para operar sistemas de IA. El hecho de que los modelos de DeepSeek pudieran ofrecer el mismo rendimiento que los modelos de IA de Silicon Valley, pero con menos recursos, sacudió la fe de la gente en la superioridad tecnológica de la industria estadounidense de IA y condujo a la adopción generalizada del producto de la startup china. El inversionista de capital de riesgo Marc Andreessen lo describió como un “momento Sputnik” para la industria tecnológica estadounidense.
Un año después, varios modelos de IA chinos se han consolidado a nivel mundial. Junto a DeepSeek, Qwen y Kimi se encuentran entre los modelos que han alcanzado los primeros puestos en las clasificaciones. Estos modelos se basan en componentes de desarrollo propio: hardware y software chinos; chips de Huawei, Cambricon y la recién llegada Moore Threads; y, a nivel de programas patentados, una infraestructura compleja y un conjunto de tecnologías completo. Esto los coloca en el centro de la soberanía algorítmica de China.
¿Competencia o deriva continental?
En algunas áreas, esto ha significado una competencia entre EE. UU. y China por los mejores modelos de IA y los chips de mayor rendimiento. En el camino, las brechas entre las empresas estadounidenses y chinas se están cerrando mucho más rápido de lo que incluso las previsiones recientes habían pronosticado. Además, existe la carrera por la inteligencia general artificial (AGI), que tiene como objetivo emular las capacidades cognitivas del cerebro humano y desarrollarlas de manera independiente. Sin embargo, si los expertos están en lo cierto, la industria sigue lejos de alcanzar ese objetivo por el momento.
Aunque esta carrera es muy real, es posible que los próximos años se caractericen principalmente por una mayor divergencia entre los enfoques de Estados Unidos y China. Por un lado, el modelo tecnológico chino parece centrarse principalmente en aplicaciones específicas y prácticas. La inteligencia artificial es omnipresente en la vida cotidiana en China: ¿cómo se puede utilizar la IA para mejorar la administración pública, la educación y la atención médica? ¿Cómo se puede integrar la IA con la robótica, y cómo puede ayudar a aumentar la eficiencia agrícola y la producción industrial? Las empresas estadounidenses enfatizan el desarrollo de modelos de mayor rendimiento; corresponde a otras empresas descubrir por sí mismas cómo utilizarlos en diferentes aplicaciones. Por el contrario, China se concentra en la aplicación y está llevando a cabo una estrategia nacional para introducir la IA en toda su economía.
Una segunda forma en que el enfoque de China se distingue es que casi todos los modelos de IA producidos allí (se estima que entre el 85 y el 90 por ciento) son de código abierto. Esto se debe a las directrices establecidas por el Estado chino que obligan a los participantes del mercado a utilizar modelos de código abierto. En su promoción de la industria de chips y del sector de la IA, Beijing está siguiendo esencialmente la misma estrategia que ya ha utilizado en otras industrias como los vehículos eléctricos, la tecnología verde, las baterías y las telecomunicaciones 6G.Para implementar una nueva tecnología, esta debe estar disponible en abundancia y debe ser lo suficientemente barata en comparación con las tecnologías más antiguas, de modo que los costos financieros de cambiar de rumbo se mantengan al mínimo. En este sentido, el Estado chino apuesta menos por maximizar las ganancias a corto plazo y más por mantener su enfoque en el objetivo estratégico general de implementar innovaciones económicas de manera rápida y amplia. El modelo chino de código abierto facilita la adaptación a necesidades específicas y requisitos locales, no solo en la propia China, sino también en otras regiones del mundo. Además, el hardware chino es entre un 30 y un 50 por ciento más barato que el de sus competidores estadounidenses. En ese sentido, las tendencias tecnológicas parecen ir de la mano de las políticas. Eso podría dar lugar a una división en el desarrollo tecnológico y al establecimiento de ecosistemas separados y parcialmente incompatibles: un sistema de IA para el Norte Global, en el que las corporaciones más grandes del mundo, aprovechando sus considerables recursos financieros, opten por los modelos estadounidenses; y otro en el que las empresas del Sur Global, en busca de alternativas más baratas a la tecnología estadounidense, confíen en los productos chinos. Como división económica del trabajo, eso podría funcionar perfectamente. Sin embargo, en términos de rivalidad geopolítica, este desarrollo también podría alimentar una nueva guerra fría.
[Traducción al castellano: Guillermo Iturbide]



