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En El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Karl Marx postuló que los acontecimientos históricos siempre ocurren dos veces: primero como tragedia, luego como farsa. La suposición subyacente es que todos los actores involucrados tienen una idea de cómo se desarrolló algún acontecimiento pasado y se preparan para una posible repetición de ese acontecimiento. Pero como nadie cae dos veces seguidas en el mismo hoyo, lo que realmente ocurre no es una repetición idéntica, sino, en el mejor de los casos, una imitación del suceso anterior.
En este contexto, las elecciones francesas de 2024 plantearon una pregunta que sigue preocupando al país hoy en día: ¿se está reproduciendo la historia —en la forma de la coalición de izquierda que marcó el destino del país en los diez años previos a la Segunda Guerra Mundial— ahora como farsa?
¿Tragedia o farsa?
En la década de 1930, la alianza de izquierda se conocía como Rassemblement populaire pour le pain, la paix et la liberté (“Agrupación Popular por el Pan, la Paz y la Libertad”), pero desde entonces se la ha denominado simplemente Front Populaire. Esto se traduce aproximadamente como “Frente Obrero” o “Frente Popular” en el sentido de una coalición de la clase trabajadora, más que como una con apoyo social más amplio. (En francés, un quartier populaire no es, por lo mismo, un “barrio popular”, sino un barrio obrero o un distrito residencial de las clases más bajas.)
Con muy poca antelación y en respuesta a la disolución de la Asamblea Nacional por parte de Emmanuel Macron el 9 de junio de 2024, los partidos de izquierda franceses formaron una nueva alianza electoral, a la que denominaron el Nouveau Front populaire (Nuevo Frente Popular, o NFP). ¿Se trata de un regreso al pasado, de una tragedia histórica que se repite como farsa? Esa fue la afirmación que hicieron algunos opositores burgueses de la nueva alianza. En realidad, esa afirmación es insostenible, ya que la experiencia del Frente Popular en la década de 1930 no fue en absoluto trágica. Además, las diferencias entre las situaciones respectivas de ambos Frentes son evidentes: en 1936, la alianza de izquierda ganó las elecciones parlamentarias del 26 de abril y el 3 de mayo con un contundente 57,8 por ciento de los votos emitidos, y su gobierno procedió a aprobar una serie de reformas sociales progresistas. Por el contrario, aunque el NFP se convirtió en la fuerza más votada en un parlamento fragmentado tras las elecciones anticipadas del 30 de junio y el 7 de julio de 2024, y solicitó al presidente Macron el mandato para gobernar —que este rechazó—, aún estaba lejos de obtener la mayoría absoluta de los votos, al recibir el 28,8 % en la primera vuelta y el 26,7 % en la segunda vuelta.
Como resultado, el NFP no pudo avanzar en el parlamento. Lo más significativo fue que la alianza no tardó en enzarzarse en disputas, ya que las marcadas divisiones internas tuvieron un efecto polarizador, especialmente entre el Partido Socialista —que había gobernado por última vez de 2012 a 2017— y la plataforma electoral La Francia Insumisa, a menudo calificada de socialista de izquierda o incluso populista. Los temas internacionales, en particular el llamado “conflicto de Oriente Medio”, dieron lugar a acusaciones y reproches mutuos.
Una mirada retrospectiva sin rencor
¿Empaña esto nuestra visión de los años en torno a 1936, cuando la izquierda francesa estaba unida, triunfó temporalmente en las urnas y logró impulsar una serie de cambios en el período posterior (aunque no lograra otros)? No. Ese período sigue siendo un hito histórico, y no solo dentro de las filas de la izquierda. Hasta un programa de TV de historia de larga duración, transmitido por el canal público France 3 la noche del 19 de mayo de 2026 (1936: El Frente Popular, entre la alegría y la ira), concluyó que ese período tuvo una importancia fundamental y, en general, positiva. Hacia el final del programa, se señaló que la coalición de gobierno de 1936 tenía en su agenda la introducción de un sistema universal de salud y de un seguro de vejez. Aunque esto tuvo que esperar hasta 1945 —después de la derrota de la Alemania nazi—, fueron las mismas fuerzas políticas las que lo lograron, instaurando el sistema de seguridad social que existe hasta el día de hoy.
En esto, hay poco que discutir en cuanto a lo fundamental. Aunque el gobierno de coalición de Léon Blum de 1936 se vio obligado a renunciar luego de apenas un año, y aunque a esto le siguió una verdadera tragedia, como la derrota militar de Francia ante la Alemania nazi y los cuatro años de ocupación alemana, no fue consecuencia del gobierno de izquierda, sino más bien una expresión de la victoria de sus enemigos.
Quienes facilitaron la rápida caída de Francia ante la Alemania de Hitler en 1939-1940 fueron los adversarios políticos de larga data de la izquierda francesa: los reaccionarios y las asociaciones patronales. Incluso antes de que Francia se rindiera en 1940, ellos ya habían seguido la máxima: Plutôt Hitler que le Front populaire ! (“¡Preferimos a Hitler antes que al Frente Popular!”).
El catalizador
El 6 de febrero de 1934, la derecha francesa —una aglomeración de asociaciones de veteranos de guerra, simpatizantes de Mussolini y el partido monárquico-nacionalista y antisemita Action française de Charles Maurras— intentó asaltar la Asamblea Nacional en París y, alegando escándalos de corrupción, derrocar a la República. El intento de golpe de Estado fue sofocado, con 17 muertos y 2.300 heridos. La noticia de estos sucesos ocurridos en la Place de la Concorde conmocionó a la sociedad francesa.
La reacción oficial de la dirección del Partido Comunista Francés (PCF) se ajustó a la doctrina de la Internacional Comunista de entonces sobre el “socialfascismo”. El líder del PCF, Maurice Thorez, declaró ante el parlamento: “Todos ustedes, funcionarios del gobierno y diputados de la derecha o de la izquierda, están llevando al país al fascismo. La experiencia internacional demuestra que no hay diferencia de naturaleza entre la democracia burguesa y el fascismo”.
Sin embargo, se formó prácticamente por sí solo el frente único antifascista entre las bases de los partidos de izquierda —incluidas las del PCF y las de la socialdemócrata Sección Francesa de la Internacional Obrera (SFIO). Cuando el 12 de febrero se llevaron a cabo en París dos manifestaciones organizadas por separado para protestar contra el intento de golpe de Estado —una socialdemócrata y otra comunista—, estas unieron espontáneamente sus fuerzas al grito de “¡Unidad! ¡Unidad!”. La manifestación conjunta reunió a 150 000 personas.
Bajo una fuerte presión de la base comunista en Francia y los países vecinos, pero también influida por la experiencia de la derrota aplastante del Partido Comunista alemán (KPD) a manos de los nazis, la Internacional Comunista decidió cambiar su postura. La dirección del partido en Moscú instó entonces a los distintos partidos comunistas nacionales a unificarse contra el fascismo, a forjar alianzas con los socialdemócratas e incluso con los partidos burgueses de las democracias imperialistas occidentales, y a adoptar un lenguaje patriótico.
El PCF llegó incluso a entonar el himno nacional junto con La Internacional, y a izar la bandera tricolor. La base del partido se opuso masivamente a este último gesto; muchos militantes enrollaban la bandera nacional francesa para que solo se viera la roja.
El 27 de julio de 1934, el PCF y la SFIO firmaron un pacto de “unidad de acción”. Un año después —el 14 de julio de 1935, Día de la Bastilla— y ante las elecciones que se avecinaban en abril y mayo, los partidos formaron una coalición electoral, a la que también se sumaron los Radicaux (Radicales). (El nombre de este último partido a veces se traduce erróneamente como “izquierda radical”. Nada podría ser más engañoso: desde el siglo XIX, los “Radicales” de Francia han sido un partido liberal anticlerical de clase media. “Radical”, en este sentido, se corresponde más bien con algo así como “librepensador”.)
Elecciones parlamentarias de 1936: la victoria sobre la propaganda antisemita
La alianza de la izquierda ganó las elecciones generales. Esto también supuso una importante victoria política e ideológica sobre los influyentes medios de comunicación de extrema derecha y los grupos militantes profascistas conocidos como las ligas, que fueron prohibidas y disueltas en junio de 1936, cuando Léon Blum asumió la jefatura del gobierno.
Antes de esto, el nuevo primer ministro había sido blanco de una despiadada campaña de propaganda antisemita. La prensa de extrema derecha, que en ese momento tenía una tirada de millones de ejemplares, arremetía contra Blum, el “judío errante”, aludiendo a la “tiranía de este hombre de otra raza” y llamándolo “el asiático”. La prensa de derecha difundió rumores siniestros: que el verdadero nombre de Léon Blum era en realidad Karfunkelstein, que no era francés en absoluto, que provenía de Besarabia (hoy Moldavia) y que poseía una fortuna secreta en diamantes.
Pero los efectos de la campaña se desvanecieron, y la izquierda respaldó firmemente a Blum. La derecha nacionalista se mantuvo firme en su oposición fundamental a su presencia y a su persona; cuando asumió el cargo, el titular del periódico Action française decía: “La cuestión judía en el Parlamento”.
Mientras tanto, gracias a las reformas que introdujo, Léon Blum siguió siendo una figura popular en la memoria histórica de un amplio sector de la sociedad francesa.
Un catalizador de las luchas sociales
Debido a la crisis económica mundial que había comenzado en Estados Unidos en octubre de 1929 y cuyos efectos se habían dejado sentir en Francia desde 1931, el movimiento obrero había sufrido una serie de reveses y derrotas. La victoria electoral de la izquierda en 1936 desencadenó un movimiento de masas espontáneo que liberó tensiones sociales acumuladas durante años.
El detonante inmediato de la lucha generalizada fue el despido de obreros por no presentarse a trabajar el 1 de mayo —una fecha que en ese momento aún no era feriado público—. Esto dio lugar a conflictos a partir del 7 de mayo de 1936. Entre el 11 y el 13 de mayo, estallaron huelgas en dos fábricas de aviones: las instalaciones de Breguet en Le Havre y las fábricas de Latécoère en Toulouse. Lo que comenzó como paros locales desencadenó luego un movimiento de huelga masivo. Este se intensificó rápidamente con una segunda ola de paros, esta vez por demandas salariales. En el punto álgido de la poderosa ola de huelgas, entre el 9 y el 11 de junio de 1936, pararon un millón y medio de trabajadores. Estos ocuparon sus fábricas y lugares de trabajo.
La dirección del Partido Comunista y los dirigentes de la central sindical más poderosa, la Confederación General del Trabajo (CGT), presionaron a los trabajadores del sector público, en particular a los del transporte —fuertemente sindicalizados—, para que no se sumaran a las huelgas de mayo de 1936. En un artículo para la revista Historia, el profesor Jean-Paul Brunet escribe: “[La dirección del PCF y de la CGT] temía la amplitud del movimiento, que se les estaba yendo de las manos, y suponían que la masa de trabajadores no sindicalizados sobrepasaría los límites de lo que ellos consideraban razonable”.
Cuatro días después de que se llegara a un acuerdo con los sindicatos, el 7 de junio de 1936, la huelga general comenzó a perder fuerza. Sin embargo, fue precisamente esta huelga la que ayudó a impulsar algunas de las reformas más significativas del Frente Popular.
Las reformas sociales más importantes
Por ejemplo, el programa electoral del Frente solo había prometido, en términos muy generales, “acortar la semana laboral sin pérdida de salario”. Pero no fue sino hasta junio de 1936 —después de la huelga— que resurgió la perspectiva concreta de sustituir la semana laboral vigente de 48 horas por una de 40 horas.
Por el contrario, antes de la ola de huelgas, los partidos de izquierda no habían planteado expresamente la demanda de vacaciones pagas, a pesar de que ya existían días feriados obligatorios en Alemania, Austria y Escandinavia. Algunos sectores del PCF se mostraban incluso explícitamente hostiles a esa política; desde su punto de vista, tal demanda “denigra a los trabajadores” al hacerlos parecer amantes de la pereza y la ociosidad en lugar de orgullosos productores. En oleadas de huelgas anteriores, como las de Citroën en 1925 y 1933, el PCF se había mostrado, de hecho, dispuesto a eliminar las vacaciones pagas (planteadas inicialmente por los propios trabajadores) del pliego de demandas. Para 1936, los cuadros del PCF también estaban fuertemente influenciados por la ética del trabajo que se predicaba entonces en la Unión Soviética bajo el régimen de Stalin.
Por su parte, la SFIO había realizado tímidos intentos parlamentarios de lograr una base legal para el derecho a las vacaciones pagadas. Sin embargo, esta ambición siempre se estancó en algún punto del engranaje parlamentario, a pesar de que la SFIO fue socia en múltiples gobiernos de coalición. El cambio necesario se produjo gracias a la ola de huelgas de mayo y junio de 1936.
Durante la noche del 8 al 9 de junio de 1936, Charles Picquenard, director del Ministerio de Trabajo, redactó a toda prisa un proyecto de ley sobre vacaciones pagas, que se presentó de inmediato al parlamento. Ante la ola de huelgas, hasta los diputados de derecha aceptaron la ley de vacaciones pagas, a pesar de su oposición de principio a tales reformas, que, según se alegaba, fomentaban “la pereza de las clases bajas”. La decisión parlamentaria de introducir dos semanas de vacaciones pagas, adoptada el 11 de junio de 1936, fue unánime; los 592 diputados presentes votaron a favor (solo un puñado de representantes optó por abstenerse, al no asistir a la votación).
En sus primeras semanas, el gobierno del Frente Popular introdujo una reforma tras otra: en solo 73 días se aprobaron 133 leyes. Las más importantes fueron las relacionadas con la semana laboral de 40 horas, las vacaciones anuales pagas (muchos vieron el mar por primera vez en su vida en el verano de 1936), los sólidos aumentos salariales (principalmente mediante el establecimiento de un salario mínimo), así como las leyes que crearon un marco legal para la negociación colectiva (similar al sistema alemán vigente actualmente). Y para los agricultores, que en ese entonces representaban el 30 por ciento de la población activa, se creó Oficina del Trigo. Esta fue una innovación importante: una autoridad pública que garantizaría un precio mínimo fijo, reduciendo considerablemente el riesgo económico, a menudo abrumador, al que estaban expuestos los productores agrícolas.
El poder del capital
Brunet, el historiador del Frente Popular citado anteriormente, resume el programa económico del Frente de la siguiente manera: “La doctrina económica de Léon Blum no era, en esencia, socialista… El plan de Blum apuntaba a aumentar el consumo interno… y partía de la premisa de que la perspectiva de mayores ganancias alentaría a las empresas a realizar nuevas inversiones”. En otras palabras, se trataba de un programa keynesiano.
Sin embargo, la burguesía de la época prefería poner su capital “en un lugar seguro”, preferiblemente en Suiza. El franco francés perdía cada vez más terreno debido a la especulación cambiaria. Léon Blum se negó al principio a tomar una decisión clara, como devaluar voluntariamente la moneda (lo que encarecería las importaciones y abarataría las exportaciones, a riesgo de dañar la reputación de “estabilidad” de Francia). Al final, tuvo que aceptar una devaluación del franco impuesta desde el exterior.
El 25 de octubre de 1936, París llegó a un acuerdo con Londres y Washington sobre el tipo de cambio, por el que el franco perdió entre el 25 y el 35 por ciento de su valor. Los efectos positivos (el abaratamiento de la producción y las exportaciones) desaparecieron rápidamente debido a la continua fuga de capital del país y a la especulación sobre su moneda. Los aspectos negativos —el encarecimiento de las importaciones y la salida de capital especulativo, que anteriormente se había invertido en francos franceses— se hicieron sentir rápidamente. La tasa de inflación, del 70% en un año, impulsada por el aumento de los precios de muchos bienes, pronto comenzó a devorar los aumentos salariales de los trabajadores. Así fue como el capital recuperó lo que inicialmente había tenido que desembolsar.
En un discurso radiofónico del 13 de febrero de 1937, Léon Blum pidió una “pausa” en las reformas. La presión del capital privado, que básicamente había mantenido su posición de poder económico, ya era abrumadora. El 15 de junio de ese mismo año, Blum solicitó al parlamento amplios poderes económicos para aplicar medidas restrictivas: el fin de la indexación (en principio) automática de los préstamos respecto a los precios en alza; cinco mil millones de francos en impuestos adicionales; un aumento drástico en los precios del tabaco, el servicio postal y los trenes. Al mismo tiempo, quiso introducir controles al comercio especulativo de divisas y a otras actividades del capital financiero.
Mientras que el PCF condenó el primer conjunto de medidas, la burguesía se indignó por el segundo. Al final, el PCF votó a favor de todo el paquete “para salvar al Frente Popular”. Pero los radicales actuaron con doble juego: en la Asamblea Nacional, la cámara baja, votaron con Blum; pero en el Senado, la cámara alta, votaron en su contra. Durante la noche del 21 al 22 de junio de 1937, Léon Blum presentó su dimisión como primer ministro.
La misma composición de la Asamblea Nacional que había respaldado al gobierno del Frente Popular se mantuvo en funciones hasta la rendición de Francia ante los nazis, en mayo-junio de 1940. Pero ahora eran principalmente los radicales quienes gobernaban, rompiendo con la izquierda y buscando mayorías aliándose con los partidos burgueses. El programa de reformas había sido oficialmente “suspendido”.
[Traducción al castellano: Guillermo Iturbide]
