Ir al contenido principal

Análisis , : China: La soledad de la Generación Z

El crecimiento chino abrió oportunidades para millones, pero erosionó las estructuras sociales.

Datos importantes

Detalles

[Translate to es:] Junge Leute stehen in der U-Bahn in Schanghai und schauen während der Fahrt auf ihre Smartphones.
“La soledad de los profesionales urbanos y la invisibilidad de los trabajadores del sector de servicios son dos caras de la misma moneda. La metrópolis moderna atrae a las personas hacia formas cada vez más profundas de interdependencia económica sin generar necesariamente relaciones sociales”. Shanghái, 29 de noviembre de 2025. Schanghai, 29.11.2025, Foto: IMAGO / Nexpher Images

Cada mañana te los cruzás: el hombre de la campera negra que siempre entra por la misma puerta; la joven que lleva un vaso térmico y se tiñe las puntas del cabello de un color diferente cada seis semanas, esta vez de un verde-azul desvaído. Es una forma peculiar de familiaridad. Durante unos minutos, compartimos el mismo espacio y recorremos la misma ruta. No se intercambian palabras. De esta manera, las personas se vuelven parte de la vida cotidiana sin llegar a formar parte de la vida de uno.

Lo que al principio parece una observación casual apunta a una condición estructural más amplia. La soledad que experimentan muchos jóvenes es producto de un modelo social que exige flexibilidad, movilidad y disponibilidad constante. En Beijing, Shanghái y Shenzhen, millones de personas viven y trabajan lejos de sus ciudades de origen. Residen en complejos de departamentos de gran altura, a menudo compartiendo vivienda con desconocidos a quienes rara vez ven y con quienes hablan aún menos. La vida cotidiana está estrictamente programada en torno a largos desplazamientos y horarios de oficina. Durante las pausas para almorzar, se pide comida a través de una aplicación mientras ya se responde al siguiente mensaje de trabajo en WeChat.

Sin embargo, las personas con las que los jóvenes profesionales se cruzan a lo largo del día rara vez se convierten en parte de relaciones sociales significativas.

La fragmentación de la vida social

Nada de eso significa que los jóvenes de hoy sean menos sociables. Más bien, ocurre lo contrario. Rara vez las personas se han comunicado e interactuado tanto como lo hacen hoy en día. Los mensajes se responden casi al instante. Se comparten fotos de las comidas y se comentan con emojis. En el ámbito laboral, esto a menudo implica permanecer localizable en WeChat mucho después de terminada la jornada laboral. Las citas, también, ya casi nunca comienzan con una presentación cara a cara, sino cada vez más a través de algoritmos. El auge de juegos como Love and Deepspace, en los que hay parejas virtuales disponibles las 24 horas, apunta a un creciente deseo de seguridad emocional.

El concepto de valor emocional se refiere a la capacidad de una relación para brindar atención, cuidado y estabilidad emocional —recursos que se vuelven cada vez más escasos en la vida cotidiana de los jóvenes residentes urbanos.

En los debates en línea chinos, esto se discute a menudo bajo el término valor emocional. El concepto se refiere a la capacidad de una relación para brindar atención, cuidado y estabilidad emocional —recursos que se vuelven cada vez más escasos en la vida cotidiana de los jóvenes residentes urbanos.

Al mismo tiempo, otro concepto ha ganado importancia en China: la “desaparición de lo cercano”. El antropólogo Xiang Biao utiliza el término para describir la pérdida gradual del arraigo social en el entorno inmediato. Sostiene que las formas cotidianas de cercanía que antes surgían a través de los vecindarios y las comunidades locales están desapareciendo lentamente.

Esta tendencia es particularmente visible en las principales ciudades de China. El trabajo, la movilidad y las plataformas digitales ahora estructuran la vida cotidiana de manera tan exhaustiva que se espera que las propias relaciones sean flexibles, eficientes y estén disponibles en todo momento.

Esta evolución resulta especialmente llamativa al analizarla en el contexto de la historia reciente de China. Durante décadas, las relaciones sociales en la República Popular estuvieron estrechamente vinculadas a la unidad de trabajo, el dānwèi. Este era mucho más que un lugar de trabajo. Organizaba la vivienda, el cuidado infantil, la atención médica, las actividades de ocio y el bienestar social. Los colegas solían ser también vecinos; los niños asistían a los mismos jardines de infantes y escuelas, y muchas interacciones cotidianas surgían no por elección individual, sino a través de la participación en las mismas estructuras laborales.

Al mismo tiempo, el dānwèi no era en absoluto una forma idílica de vida comunitaria. A menudo funcionaba de manera paternalista, limitando las libertades individuales mientras ejercía control social. Esto dio lugar a jerarquías rígidas, estructuras de poder locales y formas de clientelismo que con frecuencia obstaculizaban un cambio social más amplio.

Con las reformas introducidas en la década de 1980, este modelo experimentó una transformación fundamental. El dinamismo económico de la era de las reformas creó nuevas oportunidades de educación, empleo y movilidad ascendente para millones de personas. Al mismo tiempo, muchas de las funciones sociales que anteriormente se habían organizado a través del dānwèi se externalizaron, se sometieron a las reglas del mercado o se privatizaron gradualmente. El empleo se volvió más flexible y la movilidad se convirtió en un prerrequisito clave para el éxito profesional. Cientos de millones de personas abandonaron sus lugares de origen y se trasladaron a las metrópolis en rápida expansión de la costa este de China.

La soledad que experimentan muchos jóvenes residentes urbanos es una expresión de una transición histórica: de una sociedad en la que las relaciones sociales estaban arraigadas en instituciones colectivas a otra en la que la pertenencia debe ser, cada vez más, creada, mantenida y organizada por los propios individuos.

Es precisamente esta transformación histórica la que hace que el diagnóstico de Xiang Biao sobre la “desaparición de lo cercano” resulte tan convincente. Pone de relieve hasta qué punto los lugares e instituciones a través de los cuales las personas experimentan el sentido de pertenencia han cambiado de manera fundamental en la China contemporánea. Muchas de las instituciones que alguna vez fomentaron los encuentros cotidianos, las relaciones a largo plazo y las comunidades locales —como el dānwèi— han perdido gran parte de su importancia. En su lugar han surgido mercados laborales, plataformas digitales y redes en línea que conectan a las personas de maneras que suelen ser más temporales, funcionales y espacialmente flexibles.

Por lo tanto, la soledad que experimentan muchos jóvenes residentes urbanos no puede entenderse únicamente como un fenómeno psicológico. También es la expresión de una transición histórica: de una sociedad en la que las relaciones sociales estaban arraigadas en instituciones colectivas a una en la que el sentido de pertenencia debe ser cada vez más creado, mantenido y organizado por los propios individuos.

De la experiencia personal a la cuestión política

No obstante, lo que se vuelve socialmente visible es, principalmente, la soledad de un grupo social específico. Plataformas como TikTok y Xiaohongshu cuentan con cientos de millones de usuarios, pero solo una pequeña proporción produce contenido de manera activa. Quienes cuentan con el tiempo, el capital cultural y la alfabetización digital necesarios para hacerlo suelen pertenecer, en su gran mayoría, a las clases medias urbanas y con alto nivel educativo de China.

Sin embargo, una metrópolis está compuesta por mucho más que empleados de oficina, creadores de contenido y académicos. Mientras que Xiaohongshu está repleta de discusiones sobre el agotamiento, las citas y la disponibilidad emocional, la infraestructura de la vida urbana depende de millones de repartidores, personal de limpieza, guardias de seguridad y trabajadores de servicios. Ellos también suelen vivir lejos de sus ciudades natales y trabajan bajo una presión inmensa, pero gozan de una seguridad social significativamente menor y de mucha menos visibilidad.

La soledad de los profesionales urbanos y la invisibilidad de los trabajadores de servicios son dos caras de la misma moneda. La metrópolis moderna atrae a las personas hacia formas cada vez más profundas de interdependencia económica sin generar necesariamente relaciones sociales. La sociedad se presenta cada vez más como poco más que una red de servicios y funciones. Los repartidores, los limpiadores y los guardias de seguridad se vuelven parte de la vida cotidiana de los jóvenes profesionales sin llegar a formar parte de un mundo social compartido.

Las relaciones sociales no solo brindan apoyo emocional. Generan confianza, solidaridad y un sentido de experiencia compartida. Cuando estas relaciones se fragmentan, es cada vez menos probable que las dificultades personales se entiendan como problemas sociales. Y quienes experimentan problemas sociales de manera individual tienden a buscar soluciones individuales en lugar de colectivas. El agotamiento o burnout se replantea como una cuestión de autocuidado, mientras que la soledad se convierte en un problema de optimización de uno mismo. En resumen, los problemas estructurales se replantean cada vez más como responsabilidades individuales.

En lugar de conducir a la solidaridad, la soledad puede convertirse fácilmente en resentimiento: contra las mujeres, contra las minorías o contra otros grupos a los que se culpa de los problemas personales de cada uno. Estas dinámicas también se pueden observar en China. La enorme popularidad de los discursos nacionalistas en internet, los debates recurrentes sobre la masculinidad “adecuada” y los agudos conflictos de género entre hombres y mujeres jóvenes apuntan a una sociedad en la que muchas formas tradicionales de pertenencia social se han visto sometidas a presión.

En el contexto chino, esta evolución tiene aún otra dimensión. Desde el inicio del período de Reforma y Apertura, la República Popular ha sacado de la pobreza a cientos de millones de personas, ha experimentado el mayor movimiento de urbanización de la historia y ha propiciado una enorme movilidad social. Al mismo tiempo, muchas de las instituciones a través de las cuales antes se generaba el sentido de pertenencia —unidades de trabajo, vecindarios, comunidades de origen o familias extendidas— han cambiado profundamente. En el proceso, se perdieron muchas de las estructuras sociales que organizaban colectivamente el sentido de pertenencia.

Para muchos jóvenes chinos de hoy, la movilidad se ha convertido en una necesidad profesional. A menudo, la generación de sus padres ya se había mudado de una aldea a un pueblo de provincia; sus hijos, a su vez, se fueron a una capital provincial para asistir a la universidad, antes de trasladarse finalmente a Beijing, Shanghái o Shenzhen por motivos laborales. En el lapso de una sola generación, China ha desmantelado muchas de las estructuras sociales que antes organizaban la vida comunitaria. ¿Qué ocupará entonces su lugar?

¿Bajo qué condiciones las personas pueden sentirse parte de una sociedad en lugar de ser simplemente individuos que viven, trabajan y compiten unos junto a otros?

La cuestión de la soledad, por lo tanto, va más allá de las decisiones individuales. También plantea preguntas fundamentales sobre la relación entre el individuo y el colectivo. Después de todo, la República Popular sigue definiéndose como un proyecto socialista en el que la cohesión social, el desarrollo colectivo y la armonía social siguen siendo puntos de referencia políticos importantes. Esto hace que la popularidad de los debates sobre la soledad, el agotamiento emocional y la desaparición de la cercanía social entre los jóvenes resulte aún más llamativa. Estas discusiones apuntan a una tensión fundamental entre las exigencias de una vida cotidiana altamente móvil y competitiva y el deseo de pertenencia y comunidad.

La pregunta, en última instancia, no es solo cómo las personas hacen frente a la soledad, sino también qué tipos de espacios sociales aún existen en los que puedan surgir la solidaridad, la confianza y las experiencias colectivas. En este sentido, el debate sobre la soledad aborda una cuestión clásica del socialismo: ¿bajo qué condiciones pueden las personas sentirse parte de una sociedad en lugar de ser simplemente individuos que viven, trabajan y compiten unos junto a otros? La creciente popularidad de conceptos como la “desaparición de lo cercano” sugiere que esta cuestión cobra cada vez más importancia para muchos jóvenes chinos.

Traducción al castellano: Guillermo Iturbide

Más contenidos sobre el tema

Inundaciones en Brasil: una lucha por justicia

: Entrevista 15.09.2026

Un testimonio de la organización de las comunidades inundadas en Brasil y las fallas del Estado.

La Guerra Fría por la IA

: Análisis 21.09.2026

El enfrentamiento entre Washington y Beijing también alcanza chips e inteligencia artificial.