Detalles

El 15 de agosto de 2021, los islamistas talibanes entraron en Kabul, poco después de que las tropas de la OTAN estacionadas en Afganistán hubieran iniciado su retirada. En Occidente, este suceso se conoce como “la caída de Kabul”; para los guerreros santos, fue un “día de victoria”. Mientras que a nosotros nos quedan grabadas las horribles imágenes de personas aferrándose desesperadamente a las alas de los aviones en un intento por huir, para terminar cayendo del cielo, los talibanes han declarado esa fecha como fiesta nacional y, el año pasado, lanzaron flores desde helicópteros en varias ciudades afganas.
Alrededor de 200 personas murieron en 2021 durante los acontecimientos caóticos en el aeropuerto de Kabul. Más de 123.000 personas fueron evacuadas en los días siguientes, principalmente personal de embajadas extranjeras, trabajadores de ONGs, soldados y, en menor medida, empleados afganos. El presidente Ashraf Ghani huyó al exilio en Dubái ese mismo día.
Mucho se ha hablado de estas horribles escenas y de los veinte años que las precedieron. Se lo ha interpretado como el fin de la política intervencionista occidental, una victoria sobre la OTAN, el fin de Occidente. Armin Laschet, entonces gobernador de la región alemana de Renania del Norte-Westfalia y sucesor designado de Angela Merkel, afirmó que la caída de Kabul era “la mayor debacle a la que se ha enfrentado la OTAN desde su fundación; nos encontramos ante un punto de inflexión en la historia”.
Desde entonces, los puntos de inflexión y las debacles se han sucedido con tal rapidez que todos aquellos que, en una fecha tan reciente como 2002, habían prometido al joven gobierno afgano de Hamid Karzai que “nunca se volvería a abandonar a Afganistán” ahora preferirían no recordarlo. En Occidente, a la derrota militar le siguió un declive de los estándares morales y jurídicos en el trato con las personas procedentes de Afganistán que raya en la autodestrucción. “Ustedes tienen los relojes, nosotros tenemos el tiempo”, como decían entonces los talibanes. El abismo entre la intención y la acción es insalvable. Y ahora —en palabras de Nietzsche— el abismo nos devuelve la mirada.
Mientras que Occidente —y, con él, el gobierno alemán— se había propuesto inicialmente construir la democracia y garantizar los derechos humanos de las mujeres en Afganistán tras años de guerra civil y dictadura, hoy los gobiernos occidentales cortejan a los talibanes. El ministro del Interior alemán, Alexander Dobrindt (miembro de la Unión Social Cristiana de Baviera, CSU), incluso ha alcanzado recientemente un acuerdo con los talibanes, que rige desde 2025 y permite al gobierno alemán deportar a Afganistán a refugiados que no hayan cometido ningún delito. Él lo describe como “coherente”; al fin y al cabo, su gobierno no quiere saber nada más con el optimismo del “Podemos hacerlo” de los años de Merkel.
El final de los derechos de las mujeres
Sigue sin haber respuesta a la cuestión moral de en función de qué objetivo murieron realmente los 59 soldados de la Bundeswehr enviados a Afganistán por gobiernos anteriores y que perdieron la vida en combate. Lo mismo ocurre con las más de 200.000 personas que, según el Uppsala Conflict Data Programme de la Universidad de Uppsala (Suecia), perdieron la vida durante la guerra de Afganistán entre 2001 y 2021. Pero tampoco los supervivientes tienen mucho que esperar.
Una de las primeras medidas adoptadas por el Emirato Islámico de Afganistán (EIA) —como se autodenomina el régimen talibán— tras tomar el poder en agosto de 2021 tuvo un gran significado simbólico: el cambio de nombre del Ministerio de Asuntos de la Mujer por el de Ministerio para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio. Desde 2024, el ministerio volvió a imponer normas de vestimenta tanto para mujeres como para varones —aunque, por supuesto, principalmente para las mujeres—. Los varones deben dejarse crecer la barba hasta que alcance al menos la longitud de su puño, llevar ropa holgada y cumplir con el horario de los rezos en una mezquita. Las mujeres deben ir completamente cubiertas, dejando al descubierto únicamente los ojos.
Las mujeres no pueden salir de casa sin un acompañante masculino, viajar en autobús ni acudir al hospital o al parque por su cuenta. Tampoco se les permite hablar en voz alta ni leer en público.
Según las Naciones Unidas, las mujeres y las niñas han perdido prácticamente todos sus derechos humanos fundamentales. Afganistán es el único país del mundo que prohíbe a las niñas y a las mujeres acceder a la educación secundaria y superior. A casi 2,2 millones de ellas ya no se les permite asistir a la escuela más allá del nivel de primaria. Las mujeres no pueden salir de casa sin un acompañante masculino, viajar en autobús ni ir al hospital o al parque por su cuenta. Tampoco se les permite hablar en voz alta ni leer en público. Como consecuencia, las mujeres también se han visto obligadas a abandonar el periodismo. Desde 2021, más del 80 % de las mujeres que trabajaban en los medios de comunicación han perdido sus puestos de trabajo.
El podcast Women-for-Women, apoyado por la Fundación Rosa Luxemburgo desde 2026, tiene como objetivo dar voz a las mujeres afganas. Aquí documentamos las historias de dos mujeres afganas como ejemplos representativos. Hay otras miles de voces que nunca se escucharán. Muchas de sus historias nunca llegan al mundo exterior y, si lo hacen, la respuesta internacional suele limitarse a declaraciones de preocupación y condena.
Hasta la fecha, no se han tomado medidas efectivas para poner fin a la injusticia y la opresión que los talibanes imponen a las mujeres.
Nazifa: “Todo terminó”
Desde el primer hasta el décimo grado, Nazifa siempre fue la primera de su clase. Soñaba con estudiar medicina. Pero en el décimo curso, todo cambió. Los talibanes tomaron el poder. Se cerraron las escuelas. Se cancelaron los cursos preparatorios para el examen de acceso a la universidad. Todas las puertas que podrían haberle abierto el camino hacia su futuro se cerraron. Nazifa se sumió en una profunda depresión.
Su familia sufrió profundamente al verla perder el rumbo. La llevaron al psiquiatra, pero la medicación tuvo poco efecto. Ya no podía dormir por las noches. Incluso dejó de leer, la actividad que en su momento había sido la parte más importante de su vida.
Un día, abrumada por la desesperación, Nazifa decidió quitarse la vida. Sin que su familia lo supiera, tomó una sobredosis de pastillas. Cuando su familia intentó despertarla, la encontró inconsciente y la llevó rápidamente al hospital. Después de que los médicos le hicieron un lavado gástrico, le salvaron la vida. A partir de ese día, su familia la cuidó constantemente.
Los talibanes han destruido nuestras vidas. Han destruido todas mis esperanzas.
Algún tiempo después, Nazifa le pidió a su hermana que la llevara de vuelta al colegio. Dijo que echaba de menos a sus compañeras y que quería ver a las niñas más pequeñas que aún asistían a clase. Su hermana, que era profesora y daba clase a cursos inferiores al 7.º, accedió a llevarla allí. Nazifa entró en su antigua aula. Miró los pupitres vacíos. Encontró un trozo pequeño de tiza y escribió lentamente en la pizarra: “Todo terminó”.
Cuando regresó a casa, parecía más tranquila de lo que había estado en meses. Su familia se sintió aliviada. Creían que la visita a su colegio la había ayudado a recuperarse. Pero no era más que la calma antes de la tormenta. La noche transcurrió tranquilamente. Cuando su madre y su hermana intentaron despertarla para desayunar a la mañana siguiente, no respondió. El pánico se apoderó de la familia. Encontraron una carta junto a su cama. Decía:
“Todo terminó. Los talibanes han destruido nuestras vidas. Han destruido todas mis esperanzas. Compré veneno para ratas en una tienda. Por favor, perdónenme. Yo nunca perdonaré a los talibanes”. Su familia llevó de nuevo a Nazifa al hospital. Pero esta vez, los médicos les dijeron que ya no podían hacer nada más por ella. Nazifa había fallecido. Solo tenía 18 años.
Masuda: En todas partes es una prisión
Masuda (27 años, nombre ficticio) fue detenida tras protestar contra el cierre de colegios y universidades por parte de los talibanes. Junto con muchas otras jóvenes, hizo campaña a favor de “la educación, el trabajo y la libertad”. Pasó ocho meses en una prisión talibana.
Durante su detención, intentó quitarse la vida en varias ocasiones, pero no lo logró. Recuerda haber sido golpeada repetidamente por los guardias talibanes. A las prisioneras solo les daban de comer, una vez al día, un alimento ya echado a perder. Mientras les arrojaban la comida delante, las humillaban con insultos: “¡Puta, comé eso!”. El maltrato físico era doloroso, pero la humillación era aún peor.
Cuando Masuda fue finalmente puesta en libertad, esperaba que volver a casa le trajera paz. En cambio, descubrió que las cosas no estaban mejor allí que en la cárcel. Sus padres habían fallecido años antes y ella vivía con sus hermanos y sus respectivas esposas. Antes de que los talibanes volvieran al poder, Masuda tenía un empleo. Trabajaba duro y destinaba sus ingresos a mantener a sus hermanos y a la familia.
Cuando Masuda fue finalmente puesta en libertad, esperaba que volver a casa le trajera paz. En cambio, descubrió que las cosas no estaban mejor allí que en la cárcel.
Pero después de que los talibanes prohibieron a las mujeres trabajar, perdió su empleo. En lugar de reconocer sus sacrificios, sus cuñadas ahora la trataban como una carga, como alguien que no aportaba nada y que simplemente dependía de los demás. Todos los días se burlaban de ella y la insultaban. Afirmaban una y otra vez que los talibanes habían abusado sexualmente de ella en la cárcel. La llamaban prostituta. Le decían que ningún hombre decente se casaría jamás con ella porque había estado detenida por los talibanes.
Agotada por las interminables humillaciones, Masuda terminó aceptando casarse con un hombre de 65 años, un matrimonio concertado y aprobado por sus cuñadas. El hombre ya había perdido a su primera esposa por una enfermedad. De su primer matrimonio tenía dos hijos y tres hijas adultos. Cuando Masuda entró en la casa de su marido y pisó su dormitorio por primera vez, lo primero que él le preguntó fue: “¿Seguís siendo virgen?”.
Hasta el día de hoy, Masuda sigue soportando los insultos tanto de su anciano marido como de sus hijos. Desde la mañana hasta la noche, trabaja como mano de obra no remunerada. Lava, cocina, barre la casa, plancha la ropa de todos y se encarga de todas las tareas domésticas. Al final de cada agotadora jornada, se ve obligada a pasar la noche con un hombre cuyo sudor y cuerpo sin lavar desprenden un olor tan insoportable que apenas puede soportarlo. Para Masuda, la cárcel ha terminado, pero su sufrimiento continúa. Simplemente ha adoptado una forma diferente.
La política de deportación de Alemania, a la justicia
Al gobierno alemán ya no le interesan estas historias. En este sentido, parece seguir el ejemplo del famoso empresario estadounidense Elon Musk, quien considera la compasión como una debilidad de la civilización occidental. Ya en 2024, el gobierno puso fin al programa federal de reasentamiento para los afganos que habían trabajado para organizaciones alemanas en su propio país y que ahora se enfrentan a la persecución y la violencia a manos de los talibanes.
El 22 de julio de 2026, el Tribunal Constitucional Federal dictaminó que la decisión del ministro del Interior alemán, Dobrindt, de suspender la admisión de ciudadanos afganos en situación de vulnerabilidad —una medida prometida por gobiernos federales anteriores— era arbitraria y caprichosa. En Karlsruhe, el máximo tribunal de Alemania anunció que había estimado un recurso de inconstitucionalidad presentado por una mujer afgana con dos hijos menores de edad. Aunque al poder ejecutivo se le concede una discrecionalidad considerable, nunca tiene “completa libertad”, ya que existe el debido proceso, dictaminó el tribunal. Según este último, el gobierno federal está sujeto a los principios del Estado de derecho.
Traducción: Guillermo Iturbide


