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El aspecto más devastador de esta guerra no ha sido la destrucción de edificios y carreteras, ni el hecho de que campamentos y pueblos enteros hayan sido borrados del mapa, sino el daño a la vida humana. Ya no somos los mismos del pasado. Nos enfrentamos a una realidad completamente nueva y desgarradora, y tratamos de adaptarnos a la vida y la cultura de la guerra, que parecen haberse arraigado profundamente en nuestros espíritus aquí en Gaza. La guerra ha tenido consecuencias en todos los aspectos de la vida —incluidas las dimensiones sociales, religiosas y políticas— y nadie se ha salvado.
Cada día es exactamente igual al anterior. Nunca hay nada nuevo. Las mañanas vuelven a sucederse, desvinculadas de su tiempo y de su función. Se disuelven en momentos perdidos que intentan en vano escapar del tiempo y del espacio, escapar de una realidad completamente envuelta en la locura, como si fuera la roca de Sísifo. Pero no hay refugio, no hay escape. Todo está fuera de nuestro control. Lo único que podemos hacer es esperar.
El alto el fuego que no cambió nada
Ayer hablaba con una amiga que vive en Cisjordania. Me preguntó si estábamos siguiendo la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Le dije: “Aún seguimos viviendo la guerra aquí en Gaza, querida mía, a pesar de los informes sobre un alto el fuego. Cada día trae destrucción y nuevas víctimas, por no hablar de los muchos otros que mueren por causas indirectas. Y muchísima gente está atormentada por el duelo. Este estado gris e incierto que estamos atravesando podría ser incluso más duro que la propia guerra”.
Nos dicen que el paso de Rafah está operativo. Pero solo se permite la entrada o salida de 50 personas al día, y en condiciones espantosas y humillantes. ¿Es esto un paso fronterizo o la puerta de una cárcel? La puerta de una cárcel es probablemente menos humillante que el paso de Rafah. Ante estos hechos, ¿podemos decir realmente que el paso ha sido reabierto? La respuesta es un rotundo “no”.
El sector de la salud se encuentra en una situación similar. Tras la destrucción de todos los hospitales de Gaza, el éxodo de médicos cualificados, la falta de suministros y quedándonos únicamente instalaciones semi destruidas, ¿podemos decir realmente que tenemos un sistema sanitario en funcionamiento? La situación es aún más desoladora: alguien que espera una simple intervención quirúrgica puede morir antes de recibir tratamiento, porque el paso solo deja transitar a unos pocos pacientes al día, y solo tras registros humillantes.
Un niño en la arena, sosteniendo un bolígrafo roto
En cuanto a la educación, esta es la herida más profunda en el corazón de la nueva generación. Niños de apenas nueve años llevan años sin ir a la escuela: los colegios han sido destruidos o convertidos en refugios para los desplazados. A veces encuentras clases de refuerzo en una tienda de campaña desvencijada, pero esto es como poner una tirita en una herida abierta. Un niño se sienta en el suelo arenoso, sosteniendo un bolígrafo roto, intentando entender las matemáticas mientras la tienda se agita con el viento. ¿Cómo pueden construir su futuro cuando su presente está plagado de espera y miedo? Las escuelas siguen abarrotadas con miles de desplazados, y las clases complementarias que se ofrecen aquí y allá son solo una gota en el océano. No hay educación; el sector educativo ha sido totalmente destruido. ¿Puede alguien afirmar que tenemos un sistema educativo? En absoluto. ¿Qué queda, cuando más del 50 por ciento del territorio de la Franja de Gaza está ahora bajo ocupación israelí?
Respecto al valioso recurso del agua, la mayor parte del agua de Gaza ya no es segura para beber. La bebemos a sabiendas de que puede causarnos enfermedades, pero no hay alternativa. De vez en cuando logramos, con enorme dificultad, encontrar un bidón de agua potable. La electricidad solo vuelve durante unas pocas horas; de lo contrario, encendemos velas o usamos los teléfonos móviles para vernos las caras en la oscuridad, y luego los apagamos.
Así que no tenemos sistema sanitario, ni sistema educativo, ni las necesidades básicas para la vida cubiertas. En estas circunstancias, ¿cómo podemos estar al tanto de la guerra en Irán o de cualquier otra cosa fuera de Gaza? Ni siquiera seguimos nuestras propias noticias; estamos completamente absorbidos por nuestras luchas diarias. Quienes están envueltos en llamas no pueden concentrarse en otra cosa que no sea apagar el fuego.
Los nuevos ricos y los pobres que mueren
Los nuevos ricos, aquellos que han brotado como setas después de la lluvia, controlan el mercado negro. Venden productos y combustible a precios exorbitantes, que superan con creces los recursos de los pobres. Esperan en las sombras, con sonrisas de triunfo en sus rostros, mientras otros mueren de hambre. La gran mayoría de la gente se despierta cada mañana y se va a la cama cada noche cargada con la misma preocupación: ¿cómo conseguiremos suficiente comida para nuestros hijos? ¿Cómo los protegeremos del frío glacial o del calor abrasador? Algunas familias aún no han recibido ninguna ayuda, a pesar de haberlo perdido todo. Otros que no se han visto afectados por los bombardeos han recibido más ayuda de la que necesitan y han empezado a venderla. La injusticia nos quema más que las propias bombas.
Esta guerra es un infierno en vida para los pobres. He oído a mucha gente desear la muerte cada día, porque se sienten incapaces de proporcionar el sustento diario y satisfacer las necesidades básicas de sus hijos. Incluso la ayuda que distribuyen diversas agencias u organizaciones se reparte de forma injusta. Quienes tienen contactos siguen recibiendo más de lo que les corresponde. Por ejemplo, muchas familias han perdido sus hogares y siguen viviendo en la calle; no se les han facilitado tiendas de campaña para proteger a sus hijos del frío helado o del calor sofocante. Mientras tanto, otros que ni siquiera perdieron sus casas reciben tiendas de campaña constantemente y las revenden. Esta guerra está llena de una injusticia demoledora, y los pobres y vulnerables son sus mayores víctimas, sufriendo los impactos por duplicado.
Esperando al sol
Hay historias interminables, tragedias interminables. Pero nos aferramos a la esperanza de que se implemente una solución política que cambie la realidad de la vida aquí en Gaza. Que se funde un Estado palestino independiente y que la paz prevalezca en toda la tierra. No solo el agua del mar se ha vuelto turbia, sino también las calles y el ambiente en general. Ahora, incluso las almas de la gente necesitan ser más puras, más claras. La Tierra gira sobre su eje cada día, y cada día esperamos un cambio, pero el ciclo continúa. En cualquier otro lugar, a la noche le sigue el día, pero no en Gaza. En Gaza, a la noche le sigue otra noche. ¿Cuándo terminará toda esta oscuridad y saldrá el sol de la libertad? Llevamos tanto tiempo esperando este sol, y seguimos pagando el precio con nuestras vidas y con las vidas de nuestros hijos, nuestros jóvenes, nuestras mujeres y nuestros ancianos. Nuestras vidas casi han llegado a su fin y, aun así, seguimos buscando alguna apariencia de vida humana normal.
No, amiga mía, no seguimos la guerra, porque estoy seguro de que la guerra en Gaza es mucho más brutal y demoledora que la guerra en Irán e Israel. La guerra en Gaza no terminó cuando se declaró el alto el fuego. Se ha convertido en una guerra silenciosa que nos está consumiendo desde dentro, día tras día, hora tras hora. Cada mañana llega pesada como una roca. La noche ha durado tanto que se ha convertido en una compañera que nunca se va. Nos despertamos con el sonido del viento sacudiendo nuestras tiendas harapientas, o con el llanto de un niño hambriento que busca algo para llenarse el estómago. Nos dormimos con imágenes grabadas en las retinas de los mártires que han sido asesinados desde que se declaró el “alto el fuego”; o de los heridos que están muriendo lentamente porque no hay tratamiento disponible.
En cada rincón de Gaza, la gente tiene historias infinitas que contar. Hay una madre que ha perdido a su marido y su hogar, y que ahora vive con sus cinco hijos en una tienda de campaña que tiene goteras cada vez que llueve. Dice: “Una tienda es mejor que vivir en la calle, pero no es un hogar”. Hay un joven de unos veinte años que soñaba con ser ingeniero, pero hoy está en una larga cola en un punto de distribución de ayuda, con la esperanza de recibir una bolsa de harina o una lata de atún. “Estudiábamos en la universidad”, dice. “Y ahora estamos estudiando cómo mantenernos con vida”, agrega. En cuanto a los niños: ojalá pudieran jugar como lo hacían antes de la guerra. Pero ahora recogen piedras de entre los escombros o usan trozos de carbón para dibujar los rostros de sus padres muertos en las paredes destruidas.
Nos estamos ahogando en las brutales condiciones de nuestra vida cotidiana. Apenas podemos estar al tanto de nuestras propias noticias, y mucho menos de las de una guerra lejana entre Irán y Estados Unidos. Si estás en llamas, no puedes mirar el fuego de otra persona. Estamos esperando: esperando una solución política real que nos devuelva la dignidad y que reconstruya nuestros hogares, escuelas u hospitales. Esperando un Estado palestino independiente, donde un niño pueda ir a una escuela de verdad, donde alguien enfermo pueda ser tratado sin demora y donde una familia pueda comer sin temer lo que traerá el día siguiente.
La esperanza sigue siendo un destello al que nos aferramos. A pesar del tono gris que lo envuelve todo, creemos que el sol brillará algún día. No es solo el agua del mar la que necesita purificación, sino también nuestras almas. ¿Cuándo terminará la larga noche de Gaza y saldrá el tan esperado sol de la libertad? Hemos pagado un alto precio: la sangre de nuestros hijos, los sueños de nuestros jóvenes. Pero no nos rendiremos. La vida, por muy dura que se vuelva, es resistente. Y algún día podremos volver a ser como éramos, con aún más claridad y fuerza.
Traducida al castellano: Diego González


