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Póster de propaganda del Ejército Rojo de la guerra polaco-soviética, 1920.
Viktor Deni / Wikimedia Commons
Como marxista polaco-alemana, Rosa Luxemburgo (1871–1919) dedicó su vida no solo a teorizar sobre la aplicación de los ideales y principios marxistas mediante una revolución socialista en Alemania, sino también a intervenir activamente en favor de sus compatriotas, sometidos a duras condiciones de explotación y marginación por parte de las élites dominantes. Si bien la idea —propia de finales del siglo XIX e incluso de buena parte del XX— de que el socialismo era inevitable como resultado del avance de la historia parece tener poca vigencia (sobre todo en Occidente) una inquietante sensación de fragilidad de nuestros ecosistemas socioeconómicos y ambientales acecha hoy tanto a dirigentes políticos como a intelectuales. En este contexto, algunos sectores de la izquierda observan a Rosa Luxemburgo en busca de inspiración.
Michal Valco es profesor de la Universidad Comenius de Bratislava. Este artículo se basa en la presentación que realizó en la conferencia “El pensamiento de Ho Chi Minh y Rosa Luxemburgo sobre la construcción de una buena sociedad”, organizada por la Oficina de Hanói de la Fundación Rosa Luxemburgo en octubre de 2021.
Quisiera explorar la idea de Luxemburgo de que el camino de la clase trabajadora hacia la emancipación debe pasar por un profundo desarrollo intelectual y espiritual de las masas. Otra reflexión inspiradora de Luxemburgo gira en torno a la idea de que el éxito de una revolución socialista requiere, entre otras cosas, una concepción holística del desarrollo económico y tecnológico.
Por último, considero que sería útil comparar las ideas de Luxemburgo pertinentes para la construcción de una “buena sociedad” con los hallazgos de las investigaciones más recientes en las ciencias humanas, sociales y políticas. Como ejemplo, elegí a uno de los psicólogos y filósofos sociales más destacados de la actualidad, el profesor Jonathan Haidt, y su libro La hipótesis de la felicidad. [1]
La naturaleza de la “revolución socialista” y las condiciones necesarias para su éxito
Un elemento indudablemente significativo del legado político de Rosa Luxemburgo es su conceptualización y posterior reflexión sobre la revolución socialista. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Luxemburgo se ocupó de preguntar “¿qué pasa después de la revolución?” mucho antes de que los revolucionarios y/o el curso de la historia desencadenaran su estallido. La crítica revolucionaria de las condiciones socioeconómicas dadas no debe separarse de la tarea de imaginar la alternativa poscapitalista por la que lucha el movimiento marxista. Sus reflexiones críticas sobre la justicia social y gobernanza sociopolítica ofrecen herramientas inspiradoras para la búsqueda contemporánea de una alternativa viable entre el autoritarismo estalinista y la impotencia histórica de la socialdemocracia.
Volvamos ahora a la idea de Luxemburgo de que el camino de la clase trabajadora hacia la emancipación debe pasar por un profundo desarrollo intelectual y espiritual de las masas. Allí reside el núcleo de su particular concepción de la revolución socialista: la transformación revolucionaria de una sociedad debe producirse de un modo compatible con el contenido previsto para la futura sociedad socialista. En otras palabras, “la forma de la transformación revolucionaria debe corresponderse con el contenido de la sociedad socialista que busca construir”.[2]
Su énfasis en el “desarrollo social” supone una concepción profunda de la libertad política y de otras expresiones fundamentales de la democracia, que Luxemburgo considera indispensables. Desde su perspectiva, las personas deben experimentar primero la democracia —bajo la forma de una república democrática— antes de estar preparadas para el socialismo como sistema que encarna su expresión más plena. Estaba convencida de que una sociedad socialista solo podía surgir con el apoyo consciente de la mayoría de la clase trabajadora en un contexto dado. En otras palabras, las conciencias y la imaginación moral deben estar preparadas para una transformación tan profunda.
Para Luxemburgo, no existe otro camino hacia el verdadero socialismo que el esfuerzo común de la mayoría de la clase trabajadora: una clase de personas o trabajadores convencidos de la revolución y de los ideales socialistas. Por eso sostiene que “el socialismo no será ni puede ser creado por ningún gobierno, por más socialista que sea. El socialismo debe ser creado por las masas, por cada proletario. Solo eso es socialismo y solo así puede crearse el socialismo”. [3]
Además de ser una meticulosa estratega de la revolución en el plano general, Luxemburgo exigía y practicaba ella misma una profunda empatía humana. Esto se manifestó con especial nitidez en su empatía y solidaridad con los pueblos indígenas que sufrían la deshumanización colonial. Su foco en la empatía derivó en una concepción democrática específica de la “revolución desde abajo”, contrapuesta a una “revolución desde arriba”, impulsada por el Politburó y la Checa bolchevique.
A su vez, el éxito de una revolución socialista requiere, entre otras cosas, una concepción holística del desarrollo económico y tecnológico. El desarrollo económico debe estar estrechamente integrado en un equilibrio social basado en la libertad, la igualdad y la justicia. Asimismo, debe atender a las exigencias de la competitividad internacional (de ahí el énfasis en el progreso) y de la sostenibilidad a largo plazo tanto económica como ambiental y social.
Hacia una “buena” sociedad socialista: interrogantes contemporáneos
Algunas de las preguntas que, a mi entender, debemos abordar en relación con este tema son: ¿Qué define a una “buena sociedad”? ¿Una “sociedad socialista” es intrínseca e inevitablemente una buena sociedad? ¿Debería una “buena sociedad” aspirar a la igualdad de resultados o, más bien, a la igualdad de oportunidades? ¿Qué nuevas relaciones humanas imaginamos como fundamento de una sociedad nueva, más justa y equitativa? ¿Es posible construir una “buena” sociedad con personas “malas” o “inmaduras”? ¿Una “buena” sociedad —“socialista”— produce “buenas” personas o necesitamos primero que una masa crítica —¿una mayoría crítica?— esté preparada en términos intelectuales, morales y políticos para emprender el camino transformador hacia una sociedad socialista basada en la comunidad? ¿Qué requisitos deben cumplir los sujetos —es decir, las personas o instituciones— encargados de construir una buena sociedad?
Evidentemente, no podemos responder aquí todas estas preguntas. Pero las planteo para recordar lo complejo de la cuestión de una “buena sociedad” y/o de una “buena vida en una buena sociedad”. También lo hago para cuestionar a quienes presuponen que tenemos respuestas concluyentes o evidentes a algunas de ellas, pues nada resulta evidente para una mente escéptica, honesta y crítica. A continuación, quisiera explorar en qué medida el incisivo libro de Jonathan Haidt, La hipótesis de la felicidad, puede inspirarnos hoy en nuestro intento de responder de manera más cabal a estos interrogantes.
Haidt ofrece análisis incisivos de las ideas de filósofos, figuras religiosas, psicólogos y científicos sociales, tanto antiguos como modernos, acerca del sentido de la vida y la felicidad. Aunque no examina directamente la capacidad de los sistemas políticos y las ideologías existentes para construir una “sociedad feliz”, parece indicar que una sociedad que funcione bien requiere una ciudadanía razonablemente satisfecha, estable y cohesionada. Conceptos como “sentido”, “satisfacción interior”, “virtud” y “felicidad” son cruciales en sus reflexiones.
La metáfora del “elefante y el jinete” es constitutiva de su argumento general. Ambos representan, respectivamente, las dimensiones inconsciente y consciente de la mente humana. La agencia humana —es decir, la combinación de voluntad e intelecto— está profundamente "situada" e incluso "determinada" por las "fuerzas" constitutivas del elefante: el yo "animal o bestial" del ser humano, caracterizado por pasiones, impulsos y pulsiones instintivas, en su mayoría inconscientes.
Esta tensión interna entre nuestro yo “racional” y nuestro yo “animal” —por decirlo de manera sencilla— es un dilema común a todos los seres humanos, que suele ser poco comprendido y aún menos tenido en cuenta tanto por los políticos como por las élites intelectuales. El elefante que llevamos dentro es demasiado poderoso para ser dominado mediante la fuerza bruta de la voluntad o los sofismas de la educación liberal —o ideológica, para el caso—. Nos conduce adonde quiere, a menudo en contra de nuestros nobles ideales, ya sea sobre nosotros mismos o sobre los demás. Por lo tanto, nuestras predisposiciones y sesgos inherentes —encarnados en el elefante— solo pueden superarse mediante un proceso deliberado de adiestramiento del elefante a través de la crianza familiar, la educación, la socialización, la medicación —en el caso de enfermedades como la depresión— y las técnicas de superación personal, principalmente la meditación y la terapia cognitiva.
La búsqueda deliberada de sentido eleva la mente humana y orienta su mirada y su potencia hacia objetivos superiores. Esta búsqueda abarca todos los ámbitos de la vida humana, en particular las relaciones interpersonales, el trabajo y el compromiso cívico tanto político como social y ambiental. Para lograrlo con éxito, las personas deberían realizar sus actividades con un sentido de propósito que las convierta (incluido el trabajo creativo) en actos de “compromiso vital”. La psicología y la sociología reconocen ampliamente que las personas prosperan (o se marchitan) en función de los resultados externos de su conducta, por ejemplo, al realizar un trabajo creativo o invertir sensatamente su dinero, sus esfuerzos o su tiempo. El trabajo bien hecho proporciona una importante fuente de sentido que contribuye directamente a la sensación de felicidad. Además, es necesario que exista sensación general de coherencia en la propia vida. Esto significa que las dimensiones físicas, socioculturales y psicológicas de la persona deben estar coherentemente entrelazados para constituir un todo con sentido.
Este objetivo es fácil de enunciar, pero difícil de alcanzar. Esto nos remite nuevamente a Rosa Luxemburgo y a su énfasis en la necesidad de un profundo desarrollo intelectual y espiritual de las masas como condición necesaria para el éxito de una revolución socialista que dé paso a una sociedad más justa, estable, sostenible y, en términos generales, “más feliz”. Se trata de formar las conciencias y la imaginación moral de las personas a medida que experimentan sus libertades políticas y ciudadanas y aprenden a ejercerlas en el marco de una república democrática. Cuando exista una masa crítica de personas desarrolladas mental, moral y espiritualmente, cuya conciencia social haya despertado en favor de una transformación profunda de la sociedad, la “revolución desde abajo” postulada por Luxemburgo podrá comenzar con posibilidades razonables de éxito. La espiritualidad, por cierto, puede referirse aquí a la capacidad de trascender el propio yo y a la búsqueda de un “sentido superior”, sin implicar necesariamente la creencia en una divinidad.
¿Qué posibilidades tienen las tres principales fuerzas seculares que forman la opinión pública: la política, los medios de comunicación y el sistema educativo? Deberían considerar cuidadosamente qué metáforas, fábulas y mitos (es decir, qué relatos capaces de configurar una mirada de la vida) utilizan para influir en la sociedad. ¿Qué metáforas nos ayudan mejor a comprender el mundo y encontrar nuestro lugar en él? ¿Qué metarrelato y qué relatos particulares —incluidos mitos y fábulas— predominan en nuestra sociedad? Estas preguntas son fundamentales porque las historias, las fábulas y los mitos —políticos, culturales o religiosos— contribuyen a fomentar conductas virtuosas y a establecer un código moral colectivo. Además, un líder eficaz predica con el ejemplo. Si quienes ejercen el liderazgo no encarnan durante un período prolongado los ideales que promueven mediante esas metáforas y relatos, inevitablemente se producirá una forma de “disonancia cognitiva” política y moral
Por último, quisiera destacar el principio de solidaridad de Luxemburgo. Su profunda empatía humana la impulsó a actuar de manera solidaria en favor de quienes sufrían marginación: en su caso, no solo las personas excluidas socialmente, sino también los pueblos indígenas deshumanizados por el colonialismo. No podremos identificar y comunicar eficazmente las metáforas capaces de formar las conciencias ni los relatos que alimentan la imaginación moral y pueden conducirnos hacia una sociedad más feliz si no aprendemos a respetar y escuchar con atención a quienes consideramos “otros”, incluidos nuestros adversarios.
Los ideales humanistas de Luxemburgo no solo resultan inspiradores, sino indispensables. "Deben ser defendidos y promovidos a toda costa", nos recuerda Luxemburgo, "... porque cuando no lo hacemos, los sueños más grandiosos pueden convertirse en las más horribles pesadillas".[4]
[1] Jonathan Haidt, The Happiness Hypothesis: Finding Modern Truth in Ancient Wisdom, Nueva York, Basic Books, 2006.
[2] Peter Hudis, “Rosa Luxemburg (1871–1919)”, editado por Alex Callinicos, Stathis Kouvelakis y Lucia Pradella (eds.), Routledge Handbook of Marxism and Post-Marxism, Nueva York/Londres, Routledge, 2020, pág. 81.
[3] Rosa Luxemburg, “Our Program and the Political Situation”, editado por Peter Hudis y Kevin B. Anderson (eds.), The Rosa Luxemburg Reader, Nueva York, Monthly Review Press, pág. 368.
[4] Hudis, “Rosa Luxemburg (1871–1919)”, pág. 81.
Traducida al castellano: Diego González
