Ir al contenido principal

Artículo - Reportaje , : Socialización feminista

Perspectivas interseccionales sobre la propiedad, la dominación y la producción.

Datos importantes

Detalles

[Translate to es:] A sea of purple and red flags with raised fists holding writing pens or wrenches

Las preguntas fundamentales deben ser quién realiza qué tipos de trabajo y en qué condiciones, y cómo esto se relaciona con las relaciones de opresión arraigadas históricamente: Manifestación feminista del 8 de marzo en Barcelona, 2025  IMAGO / Europa Press

La socialización se ha convertido en parte del repertorio estratégico de la política de izquierda, generando un amplio rango de ideas y herramientas para la praxis socialista. La atención se ha centrado principalmente en la reproducción social, entiéndase en áreas más allá de la producción industrial, como el ámbito doméstico, el transporte público y los hospitales.  Sin embargo, a menudo se pasa por alto que la socialización no se reduce en absoluto a quién es dueño de una propiedad; también requiere una transformación del trabajo socialmente necesario. La cuestión, por lo tanto, no es solo quién es dueño de qué medios de producción, sino también quién puede apropiarse del trabajo de quién.

Este aspecto ha recibido poca atención en los debates actuales. Sin embargo, Marx y Engels ya establecieron una conexión directa entre la propiedad privada y la división del trabajo en La ideología alemana, describiendo ambas como “expresiones idénticas”: una se refiere a la apropiación en relación con el producto, la otra en relación con la actividad. Se trata de una distinción analítica, pero en la realidad social ambas coinciden.

Si, frente a una crisis de los cuidados que se profundiza cada vez más, queremos impulsar la socialización como perspectiva para una política socialista en el ámbito de la reproducción social, será necesaria una ampliación feminista. Las preguntas centrales deben ser: ¿quién realiza qué tipos de trabajo y en qué condiciones?, ¿cómo se relaciona esto con las relaciones de opresión históricamente arraigadas?, y ¿cómo se divide internamente (y, por lo tanto, se debilita) la clase trabajadora a través de diferentes posiciones dentro de los procesos de producción y reproducción?

Los análisis sobre la división del trabajo en función del género y la raza en el capitalismo constituyen un importante punto de partida. Demuestran cómo las diferentes formas de desvalorización y jerarquización dentro de la clase trabajadora se producen y se afianzan precisamente a través de la propia división del trabajo. Si la socialización no es meramente modificar la propiedad formal de los medios de producción, sino transformar las relaciones de dominación que están ligadas a ellos, debe entenderse entonces como un proyecto para abolir toda división jerárquica del trabajo. Entendida de esta manera, la socialización puede contrarrestar las divisiones que fragmentan a la clase trabajadora y convertirse en una perspectiva compartida por los diferentes sectores de la clase.

Por lo tanto, la socialización feminista busca superar la separación entre las esferas de la producción y la reproducción, que está profundamente arraigada en la división del trabajo por género. Entiende la socialización como un proceso que va más allá de la abolición de la propiedad privada: apunta a crear una economía para el bien común, en la que la planificación y la producción se organicen en torno a la vida y las necesidades humanas. Desde una perspectiva feminista, esto hace que el desarrollo de nuevas infraestructuras sea particularmente importante para garantizar colectivamente una buena vida para todos, en el sentido de un “socialismo de las infraestructuras”.

Esta perspectiva transformadora cuestiona directamente las formas contemporáneas de gestión autoritaria de las crisis, que a su vez se organizan a través de la división: se enfrenta a unos sectores de la población contra otros; riesgos como la vejez, la enfermedad y el desempleo se privatizan cada vez más; y se movilizan el odio y la violencia de tal manera que se crea un terreno fértil para los continuos procesos de fascistización.

En este contexto, la socialización feminista también busca construir nuevas formas de actividad colectiva y solidaridad. Estas pueden comenzar a nivel local, en los barrios y las comunidades, estableciendo así una base fundamental para contrarrestar los giros autoritarios. Al mismo tiempo, esta perspectiva posibilita entender a las luchas feministas, queer y antirracistas como componentes integrales de la política de izquierda y la transformación socialista, como también permite que la socialización feminista se convierta en un punto de referencia compartido entre los distintos movimientos sociales.

Las relaciones de género como relaciones de producción

En su análisis del paralelismo entre la propiedad privada y la división del trabajo, Marx y Engels también retoman en La ideología alemana los orígenes históricos de esta ecuación: “Esta esclavitud latente en la familia, aunque todavía muy rudimentaria, es la primera forma de propiedad; pero incluso en esta etapa temprana se ajusta perfectamente a la definición de los economistas modernos, quienes la denominan el poder de disponer de la fuerza de trabajo ajena”. La división del trabajo entre hombres y mujeres (y niños) representa, por lo tanto, nada menos que la expresión de género de las relaciones de propiedad. Esta determina quién tiene derecho a disponer del trabajo de quién dentro de la familia. Una ampliación feminista del debate sobre la socialización debe entonces buscar abolir esta división del trabajo y, con ello, liberar también a las relaciones de género existentes de su carácter de relaciones de dominación. Contrariamente a lo que las feministas liberales nos quieren hacer creer, el problema no puede resolverse simplemente redistribuyendo el trabajo de cuidado de manera diferente o más "justa" entre los géneros, ni tampoco distribuyendo la responsabilidad entre el Estado, el mercado y los domicilios particulares. En cambio, lo que hay que transformar son las estructuras que convierten al género en un eje central de explotación y dominación bajo el capitalismo, y no solo para las mujeres.

Desde la década de 1970, las feministas que se basan en la teoría marxista han demostrado cómo la división del trabajo por género es un elemento constitutivo de la separación entre las esferas de la producción y la reproducción. Al mismo tiempo, esta división está estrechamente relacionada con la construcción de una esfera pública asociada al trabajo remunerado, la política y el derecho, y una esfera privada en la que las actividades reproductivas se feminizan, se despolitizan y se invisibilizan. La devaluación de la supuestamente femenina "producción de la vida" (Frigga Haug) en relación con la supuestamente masculina producción de bienes ayuda a mantener bajos los costos de reproducción de la fuerza de trabajo. Estos costos, a su vez, afectan los salarios, elevan la tasa de ganancia y contribuyen al proceso de valorización capitalista en general. Este es un principio estructural del capitalismo. Sus manifestaciones históricas y los medios y mecanismos a través de los cuales se gestiona pueden cambiar, pero su lógica subyacente persiste. Esta distinción es crucial para comprender las formas contemporáneas de gestión de crisis. Estas no rompen necesariamente con este principio, sino que pueden simplemente reorganizarlo de acuerdo a diferentes condiciones, redistribuyendo los costos de la crisis entre grupos que ya soportan una carga desproporcionada. Por lo tanto, la socialización feminista implica confrontar la estructura de la producción privatizada de la vida. También significa desvincular a la reproducción social del imperativo del crecimiento económico, al que sigue atada la lógica de las asistencias económicas tradicionales.

Para identificar una herramienta política que permita transformar la relación entre (re)producción y género es esencial no entender las relaciones de género simplemente como una expresión de las relaciones de producción. El orden de género no se deriva solamente de la estructura económica. Antonio Gramsci, en cambio, argumenta que las relaciones de producción pueden ser entendidas como un conjunto complejo de prácticas económicas, políticas e ideológicas a través de las cuales se organiza la hegemonía (y, por lo tanto, el consentimiento a las políticas dominantes) y se forman las subjetividades, incluidas las subjetividades de género. Las ideas culturales sobre la masculinidad y la feminidad, incluida su organización binaria y heteronormativa, naturalizan las responsabilidades sociales y, con ello, consolidan la separación entre producción y reproducción. Nos encontramos con estas ideas en forma de sexismo, por ejemplo, pero también las reproducimos continuamente a través de nuestras acciones cotidianas. En pocas palabras: al trabajar en puestos asignados a las mujeres dentro de la división del trabajo basada en el género, se nos reproduce como mujeres cuyas subjetividades pueden llegar a parecer alineadas, casi de forma natural, con las expectativas de la sociedad y los roles de género prescritos.

La familia heteropatriarcal, como espacio supuestamente privado de reproducción social, está protegida tanto a nivel institucional como discursivo: por ejemplo, a través de la división de los ingresos conyugales a efectos fiscales, el diseño de las asistencias parentales y la discriminación sistemática contra las familias con más de dos progenitores. Las luchas actuales en torno a la justicia reproductiva y los derechos de las personas queer y trans* también pueden entenderse en este contexto. La intensidad con la que se rechazan las reivindicaciones de estos grupos da la pauta de que estos cuestionan el orden social vigente de diversas maneras. En el discurso de la derecha, el control estatal sobre la capacidad reproductiva de las mujeres también está relacionado con la política migratoria; por ejemplo, cuando la AfD (Alternativa para Alemania) se presenta como el “partido de las familias normales” y describe el “Gran Reemplazo” como un proyecto de los “ideólogos de género”.

Cuando Frigga Haug describe "las relaciones de género como relaciones de producción", está haciendo hincapié, por tanto, en que el género es mucho más que una característica individual. Las prácticas sociales de reproducción se organizan según criterios de género como parte de las relaciones de producción de la sociedad en su conjunto. Los acuerdos institucionales y las “ideologías del cuidado” que se generan en su seno justifican y normalizan las dinámicas de cuidado desiguales y explotadoras en nuestras sociedades. Desde una perspectiva queer-feminista, es entonces esencial reorganizar estas relaciones mediante la socialización feminista. Por el contrario, la transformación de las relaciones de producción capitalistas no puede separarse de las luchas en torno al género y la familia. Dicho de otro modo: sin luchas políticas en torno a sus órdenes culturales y simbólicos, las relaciones de producción no pueden transformarse de manera fundamental. En este contexto, la política queer no debe entenderse principalmente como una lucha en torno a las identidades sexuales o de género individuales, sino como una resistencia frente a un orden jerarquizado de género y a la organización del trabajo asociada a él. Precisamente por esta razón, la política queer incide en el núcleo de las relaciones capitalistas de dominación y debe ocupar un lugar central en la política socialista, en lugar de (como ocurre con frecuentemente) quedar marginada del conflicto social como si se tratase de una cuestión de estilo de vida individual.

Doble desprivatización

Las modalidades de cuidado, al igual que todos los aspectos de los modos de producción y las formas de vida, se manifiestan en formas históricamente específicas y, por lo tanto, son susceptibles a transformaciones. Con el inicio de la crisis del fordismo, la caída de las tasas de beneficio y el estancamiento de los salarios, el modelo del “salario familiar” que había prevalecido durante un tiempo en Alemania Occidental comenzó a desmoronarse. La participación de las mujeres en el empleo remunerado aumentó de forma continua a partir de la década de 1970, en parte por necesidad económica y en parte como respuesta a las reivindicaciones del movimiento feminista de segunda ola. Como resultado, se ampliaron los servicios profesionales de cuidados, aunque de forma demasiado vacilante. A partir de la década de 1990, el neoliberalismo, como proyecto de dominación, también comenzó a remodelar este ámbito. Los servicios que antes se organizaban a través del Estado del bienestar y se orientaban hacia el bien común quedaron cada vez más sometidos a criterios de eficiencia económica mediante conceptos como la Nueva Gestión Pública y el "control indirecto", o bien fueron privatizados directamente. Los hospitales, la asistencia ambulatoria y residencial, las guarderías y servicios como la limpieza y la cocina en instituciones públicas quedaron sujetos a estos procesos. Sin embargo, la valorización capitalista se topa con ciertos límites en el ámbito de los cuidados. Mientras que la productividad en el sector industrial puede incrementarse mediante la racionalización y la innovación tecnológica, el trabajo de cuidados está ligado al tiempo y es relacional. Solo puede ser racionalizado hasta cierto punto antes de socavar sus cualidades esenciales.

Las empresas privadas que operan en el sector de los cuidados y otros sectores sociales (así como las instituciones públicas y los proveedores sin ánimo de lucro) tienden entonces a buscar la rentabilidad ejerciendo presión a la baja sobre los salarios, deteriorando las condiciones laborales, reduciendo la plantilla y la calidad del servicio, y aumentando los precios y las tarifas. Precisamente por esta razón, una proporción cada vez mayor del trabajo de cuidados se está desplazando de nuevo hacia las familias y los hogares privados. Lo que Janine Brodie describió ya en 1994 como una “doble privatización” en relación con Estados Unidos se ha producido y sigue desarrollándose. Aunque el aumento de la participación en el empleo remunerado proporcionó a muchas mujeres una mayor independencia económica, no reestructuró de forma fundamental la división del trabajo por géneros. En cambio, esta división persiste como “un desfase perceptible en la adaptación a los nuevos contextos”, que muchas mujeres experimentan como la doble carga del empleo remunerado y el trabajo de cuidados no remunerado. 

La gestión política y cultural de estos procesos es profundamente contradictoria. Por un lado, el Estado sigue promoviendo la individualización de las mujeres y su responsabilidad económica propia con el fin de ampliar la población activa y legitimar unos niveles salariales que exigen cada vez más que todos los adultos de un hogar se incorporen a un empleo remunerado. Por otro lado, las ideas tradicionales sobre el género y la familia se están reactivando política y culturalmente para proporcionar un respaldo ideológico a la renovada transferencia del trabajo de cuidados a la esfera privada. Los ataques del Gobierno del canciller Friedrich Merz contra el Estado del bienestar amenazan con crear brechas sin precedentes en la prestación de servicios, entrelazadas de múltiples formas con los cambios en el régimen de género. Los debates actuales sobre el rearme y el servicio militar obligatorio, por ejemplo, sirven, por un lado, para justificar una política industrial orientada a la producción militar que probablemente tendrá efectos económicos limitados y, por otro, como "cemento ideológico" que legitima los recortes en el gasto social.

Los ideales asociados de masculinidad marcial, sacrificio personal y disciplina autoritaria conectan tanto con las culturas digitales de la masculinidad que se encuentran en la “manósfera” como con el modelo de negocio de las llamadas “tradwives”, que utilizan las redes sociales para promover el retorno a los roles y jerarquías de género tradicionales como una elección de estilo de vida. Estas ofertas simbólicas contrastan radicalmente con la realidad económica. Hace tiempo que dejó de existir un “salario familiar” estable, y el modelo de un único sostén económico solo sería financieramente viable para un número ínfimo de hogares. Sin embargo, ante la creciente sensación de agobio, los discursos de la derecha apelan a un anhelo generalizado por un pasado supuestamente libre de contradicciones. La tensión resultante es altamente explosiva, tanto a nivel individual como social.

En esta situación, los movimientos feministas deben oponerse tanto a los recortes en las prestaciones sociales (que afectan de manera desproporcionada a los grupos más vulnerables) como a la (re) aparición en paralelo de la masculinidad autoritaria que refuerza la potencial violencia racista, la violencia contra las mujeres y contra las personas queer.

La socialización feminista puede proporcionar una orientación estratégica en este contexto. Aborda no solo la desvalorización del trabajo de cuidados en el capitalismo, sino también las formas en que el género mismo se constituye como una relación de dominación. Como perspectiva para la transformación política, esto requiere una "doble desprivatización" del trabajo de cuidados.

Con esto nos referimos a lo siguiente: la primera dimensión consiste en liberar los ámbitos centrales de la reproducción social de una lógica económica orientada a la valorización y al beneficio. Este es el objetivo del movimiento de socialización existente. La segunda dimensión (específicamente feminista) consiste en sacar el trabajo de cuidados del aislamiento, feminizado y sobrecargado, de los hogares privados al que ha sido relegado por la separación entre las esferas productiva y reproductiva. Esto no significa que todo el trabajo de cuidados debe profesionalizarse o transferirse a instituciones públicas. Más bien significa que la sociedad debe asumir la responsabilidad colectiva de este enorme ámbito de trabajo socialmente necesario. Esto podría implicar nuevas infraestructuras que suavicen las fronteras entre lo privado y lo público: los servicios podrían extenderse hasta los hogares de las personas, aliviando tanto a los cuidadores como a quienes reciben cuidados, al tiempo que se les integra en redes sociales más amplias. Estas redes pueden desarrollarse cuando existen espacios y servicios que fomentan nuevas formas de relaciones de cuidado dentro de los barrios.

Por lo tanto, la socialización feminista no busca simplemente ampliar los servicios gestionados por el Estado o aquellos orientados al bien común. Su objetivo es disolver el “nexo de separación” (Frigga Haug) entre lo privado y lo público. La meta no es una simple transferencia de actividades de una esfera a otra, sino su reorganización mediante una mayor permeabilidad entre ambas. A largo plazo, esto sólo podrá tener éxito si reconocemos que las prácticas contemporáneas de cuidado —basadas en la familia y marcadas por el género— no son disposiciones naturales, sino desarrollos históricamente recientes. Por lo tanto, también es necesario crear espacios en los que puedan surgir diferentes prácticas de cuidado, acompañadas de transformaciones en los “modos de relacionarse" (Bini Adamczak), más allá tanto de las formas convencionales de voluntariado como de la asistencia informal que pueden ser apropiadas con fines capitalistas. Las prácticas reproductivas de las personas queer, que a menudo se ven excluidas de las formas dominantes de organización social, ya apuntan hacia formas de cuidado comunitario y responsabilidad mutua que van más allá del modelo heteronormativo de la familia nuclear. Por lo tanto, existe una experiencia práctica considerable en el mantenimiento de relaciones de cuidado fiables fuera del ámbito familiar y en el desarrollo de estructuras colectivas para formas de cuidado no familiares. Una política de nuevas relaciones de cuidado puede construirse en base a estas prácticas de larga tradición.

Esto también exige replantearse el significado mismo de lo "público". La experiencia demuestra que la prestación de servicios puede seguir siendo insuficiente incluso (o especialmente) cuando está organizada por el sector público. La intervención política en este ámbito significa, por tanto, no solo dotar de mejor financiación a los servicios existentes, sino también preguntarse qué necesidades priorizan las infraestructuras públicas existentes y cómo se pueden democratizar realmente estas infraestructuras. Esto se aplica tanto a la participación en la toma de decisiones dentro de cada institución individual como a la determinación colectiva de las prioridades sociales a nivel municipal, regional y nacional. Las necesidades no surgen al margen de las relaciones sociales; se configuran en y a través de ellas, especialmente a través de las relaciones de cuidado, por lo tanto, también se negocian políticamente en el seno de estas relaciones. Estos procesos de negociación deben incluir, ante todo, las perspectivas de quienes son marginados o excluidos sistemáticamente por las estructuras existentes. De este modo, el cuidado deja de parecer un problema privado o una excepción individual y se revela como una condición universal de la vida social. Esto también transforma nuestra concepción de la planificación social: alejándose del control tecnocrático y orientándose hacia la cuestión de cómo se puede organizar la reproducción social para posibilitar buenas condiciones de vida para todos.

Las plataformas como una “solución rápida para los cuidados”

Las infraestructuras diseñadas en este sentido pueden aliviar la carga de los hogares (y particularmente de las mujeres) y, al mismo tiempo, contrarrestar aquellas formas de gestión de crisis que trasladan de manera desproporcionada los costos de la reproducción social a los trabajadores racializados. Hoy en día, somos testigos no solo de una renovada transferencia del trabajo y la responsabilidad a los hogares privados, sino también de la creciente organización de muchas actividades reproductivas a través de relaciones de mercado precarias. Las plataformas digitales se han expandido enormemente desde la crisis financiera de 2008, y ahora a través de ellas se ofrece y administra una amplia variedad de servicios domésticos. En Alemania, algunos ejemplos son Helpling y Putzperle para la limpieza; Careship y Pflegix para el cuidado en el hogar; Lieferando, Wolt y Gorillas para la entrega de comida; Babysits y Betreut.de para el cuidado de niños; Superprof para clases particulares; y Pawshake para pasear perros.

El crecimiento de este sector está impulsado por varios factores. Por el lado de la demanda, la creciente sobrecarga de los hogares está generando una necesidad cada vez mayor de estos servicios. Cuanto más se ve presionado el modelo de acumulación alemán, orientado a la exportación, por los conflictos geopolíticos, las guerras comerciales y la competencia tecnológica, más se genera la competitividad a través de la explotación, los recortes al bienestar y la disminución de los estándares, en lugar de la innovación. La precarización de la vida cotidiana que esto genera, combinada con la doble privatización del trabajo de cuidado, implica que un número cada vez mayor de personas ya no puede garantizar de manera confiable su propia reproducción social, ya sea financieramente o en términos de sus capacidades físicas y emocionales. Por lo tanto, la crisis ya no afecta solo a grupos marginados, sino que también a sectores cada vez más amplios de la población. Para muchos hogares, por lo tanto, resulta conveniente recurrir rápidamente a proveedores de servicios comerciales cuando surgen carencias en la prestación de servicios. Dowling describe así la "plataformización" como parte de una "solución rápida para los cuidados": un arreglo que cubre temporalmente las carencias en la prestación social sin abordar la crisis estructural que las genera.

Por el lado de la oferta, la expansión de las "soluciones rápidas para los cuidados" digitales es posible gracias a que el trabajo en plataformas es aún más precario que otras formas remuneradas de trabajo de cuidado. Esto mantiene los servicios relativamente accesibles, lo que permite que algunos hogares deleguen el trabajo de cuidado a otros a cambio de salarios bajos. Los trabajadores de plataformas enfrentan ingresos inestables, horarios de trabajo muy flexibles y a menudo impredecibles, y una protección social inadecuada. Por lo tanto, no es casualidad que la mayoría de ellos sean migrantes. La presión que experimentan los hogares contribuye así a la legitimación de una división racializada del trabajo. Las personas pueden verse involucradas en una gestión cada vez más racista de la crisis de la reproducción social. Las luchas de la derecha por la hegemonía pueden basarse precisamente en estas dinámicas. La gestión racializada de las brechas en la prestación de cuidados no opera únicamente a través del trabajo en plataformas. El reclutamiento de trabajadores de cuidados provenientes de países de la periferia global también desplaza la crisis geográficamente. La estabilización de la reproducción social en el Norte Global descansa entonces, al menos en parte, en una forma de "extractivismo de cuidados", en la que las capacidades de cuidado se movilizan a lo largo de las desigualdades globales, al tiempo que generan nuevas carencias de cuidados en otros lugares.

Las respuestas de la izquierda a estas formas de manejo de crisis deben, por lo tanto, comenzar por mostrar cómo las soluciones que benefician a unos se implementan, generalmente, a costa de otros. Al enfocarse en el problema de las divisiones jerárquicas del trabajo, la socialización feminista puede revelar cómo las condiciones estructurales que permiten tales formas de manejo de crisis ya pueden transformarse hoy en día. Por lo tanto, los análisis del "capitalismo racial" (Cedric J. Robinson) también deben ser considerados en relación con sus implicaciones para el diseño de la socialización misma.

Explotación y expropiación

Nancy Fraser sostiene que este tipo de divisiones dentro de la clase trabajadora están arraigadas en un mecanismo fundamental de la acumulación capitalista: la separación entre explotación y expropiación. Partiendo del análisis de Rosa Luxemburgo sobre la "acumulación primitiva permanente", Fraser sostiene que el capitalismo sigue siendo estructuralmente dependiente de una esfera "extraeconómica" para apropiarse de la fuerza de trabajo y de los recursos naturales sin asumir sus costos totales. Históricamente, la expropiación adoptó formas como el despojo territorial y la esclavitud. Hoy en día, se manifiesta sobre todo en el hecho de que los costos de reproducción de la fuerza de trabajo ya no están cubiertos en su totalidad por los salarios.

La distinción entre expropiación y explotación en el proceso de acumulación de capital también está relacionada con la "invención de la raza blanca": la producción social y la atribución de diferencias racializadas en el contexto del colonialismo, la esclavitud y la economía de las plantaciones. Ciertos grupos son sistemáticamente señalados como diferentes, inferiores o menos dignos de protección y, por lo tanto, son empujados hacia formas de trabajo que pueden ser violentas, particularmente precarias, marginadas o subcontratadas. Políticamente, este proceso se sustenta en las relaciones imperialistas entre el "centro" y la "periferia", así como en los regímenes migratorios y las prácticas ideológicas de discriminación racista.

La expropiación de unos hace posible la explotación de otros, ya que reduce los costos de la reproducción social y, por lo tanto, disminuye el valor de la fuerza de trabajo en su conjunto. Haciendo referencia explícita a los debates sobre la división del trabajo según el género, Gargi Bhattacharyya utiliza el concepto de trabajo para ilustrar esta distinción: "La línea divisoria que se percibe entre lo que es trabajo y lo que no lo es se encuentra en el núcleo de las prácticas de diferenciación para la explotación y la expropiación que conforman el capitalismo racial". La cuestión, sin embargo, no se limita a las actividades reproductivas. También se refiere a la correspondiente devaluación de ciertos sujetos y del trabajo que realizan en beneficio de la acumulación capitalista. Entonces, para Bhattacharyya, la reproducción social, además, determina las formas en que las personas pueden participar en las formaciones capitalistas: como trabajadores o potenciales trabajadores, como no trabajadores excluidos temporal o permanentemente, o en posiciones híbridas entre estas dos categorías.

Esta jerarquización de aquellos considerados “sobrantes” tiene un efecto disciplinario. La mera existencia de estas personas ejerce presión sobre los trabajadores que permanecen integrados en el sistema, intensifica la competencia dentro de la clase trabajadora y, por lo tanto, mejora las condiciones para la explotación capitalista. Esto contribuye no solo a la reproducción precaria de los trabajadores individuales, sino también a la reproducción de la sociedad capitalista en su conjunto. Por lo tanto, Bhattacharyya hace hincapié en que la delegación del trabajo doméstico a las mujeres migrantes es simplemente el ejemplo más visible de la externalización racializada de la reproducción social. "La contribución directa a la reorganización de un hogar es fácilmente visible, pero la contribución complementaria más difusa que se produce a través de la subordinación de la fuerza de trabajo de unos a otros es mucho más difícil de evaluar". Bhattacharyya dirige la atención a la reproducción de los propios sujetos expropiados: a quién se le toma en cuenta su reproducción; quién debe asegurar su propia supervivencia, en qué medida y bajo qué condiciones; y qué vidas la sociedad permite efectivamente que perezcan. Todo depende de cómo se posicionan los sujetos dentro del capitalismo. Cuanto más se convierte a una persona en "sobrante", menos se asegura su reproducción de manera institucional.

De esto se derivan varias consecuencias para una concepción feminista, más concretamente interseccional, de la socialización. En primer lugar, las infraestructuras sociales que satisfacen las necesidades cotidianas en ámbitos como la sanidad, la educación, los cuidados, el cuidado infantil, los servicios para jóvenes, el apoyo a las personas con discapacidad, los refugios para mujeres, los servicios de asistencia psicológica, la vivienda, la cultura y la movilidad deben organizarse de tal manera que sean verdaderamente accesibles para todas las personas. Deben tener en cuenta las diferentes necesidades y responder a ellas de manera que se garantice la reproducción de todas las personas, independientemente de su origen o situación jurídica. Solo así se podrá reducir la presión sobre los hogares desde el lado de la demanda, especialmente en el contexto del trabajo en plataformas, al mismo tiempo que del lado de la oferta se evitaría que los grupos vulnerables se vean empujados sistemáticamente hacia formas de trabajo precarias. Las infraestructuras sociales también funcionan como una especie de “segundo salario”. Sabine Nuss sostiene que el acceso garantizado a infraestructuras socializadas de servicios esenciales permitiría a los trabajadores asalariados superar "parte de su falta de propiedad": "En esta medida, serían más “resilientes” frente a las incertidumbres del “mercado”; su exclusión de las condiciones sociales de producción sería menos absoluta".

Para los movimientos socialistas, esto es crucial por otra razón: organizar la reproducción social de esta manera puede debilitar las presiones competitivas entre los trabajadores y, por lo tanto, reducir las divisiones dentro de la clase trabajadora. El objetivo de disolver la separación entre las esferas de la producción y la reproducción implica, por lo tanto, superar la distinción entre lo que se considera económico y lo que se trata como no económico, de modo que el valor social de las actividades reproductivas ya no venga determinado por esta distinción.

También en este caso es fundamental que tales transformaciones económicas no se separen de la “política de lo cultural”. En lo que respecta al racismo, Stuart Hall sostiene que este funciona como un medio “a través del cual las fracciones blancas de la clase ‘viven’ sus relaciones con otras fracciones y, a través de ellas, con el propio capital”. Así, analiza también el racismo como un mecanismo mediante el cual las fracciones blancas de la clase se incorporan al proyecto dominante. En este marco, el consentimiento a una división del trabajo racializada se intercambia por privilegios que siguen estando fuera del alcance de otros. En consecuencia, esto sitúa a quienes están “incluidos” en oposición a otros sectores de la clase. Por lo tanto, la socialización debe abordar tanto las clasificaciones racializadas como las de género a través de las cuales se consolidan las divisiones del trabajo y las jerarquías sociales. Una perspectiva limitada a la política social no puede abordar adecuadamente la estrecha interconexión entre las formas económicas y culturales de dominación.

Esto también pone de manifiesto una cierta tensión en lo que respecta a la democratización, que es un componente fundamental de la socialización. Por un lado, la participación democrática debe ampliarse de la forma descrita anteriormente. Por otro lado, los principios emancipadores, como la igualdad de acceso o la priorización y protección de los grupos especialmente vulnerables, no pueden quedar sujetos a la discreción de la mayoría. La democratización no es, por lo tanto, simplemente un mecanismo de participación. Es también un proceso político a través del cual la sociedad negocia qué formas de vida y de prestación deben ser colectivamente vinculantes.

Por último, la democratización debe extenderse también al diseño de las propias infraestructuras nuevas, con el fin de superar su lógica paternalista y de contención. Reviste especial importancia la transformación gradual de la relación ambivalente entre apoyo y control en los servicios del Estado del bienestar, hacia formas de apoyo y apropiación colectiva. Para las personas racializadas y pobres en particular, las dimensiones punitivas de las prestaciones del Estado del bienestar pueden suponer que se recurra menos a los servicios públicos de lo que se haría en otras circunstancias, por miedo a la discriminación y la humillación. La socialización feminista puede, por lo tanto, conectar de manera productiva en este punto tanto con las críticas tradicionales de la izquierda al Estado del bienestar como con los debates abolicionistas más recientes.

Las infraestructuras organizadas a nivel local o nacional solo pueden constituir, por supuesto, el punto de partida para un movimiento hacia la socialización feminista. Por un lado, la reproducción social se organiza a través de una división imperialista del trabajo estructurada por las interdependencias económicas globales, los regímenes comerciales, las relaciones de deuda y los conflictos militares. Por otro lado, los regímenes migratorios y fronterizos asociados a esta organización regulan de forma selectiva el acceso a las condiciones de reproducción. Los movimientos en favor de la socialización feminista deben, por tanto, buscar intereses comunes, puntos de referencia mutuos y oportunidades de cooperación con las luchas por la libertad de circulación y contra la militarización.

Fascistización y violencia

La socialización feminista no es, por lo tanto, un modelo lejano para un futuro mejor, sino un contramovimiento necesario y urgente en el aquí y ahora. La gestión autoritaria de la crisis de la reproducción social se está condensando cada vez más en una tendencia hacia la fascistización. Las crisis sociales ya no son tratadas esencialmente como cuestiones políticas de distribución y organización que puedan resolverse políticamente. En cambio, se gestionan cada vez más mediante la producción cotidiana de desigualdad, competencia e inclusión selectiva. Los migrantes, las feministas y las personas queer y trans*, en particular, son presentados como enemigos externos e internos que amenazan un supuesto “orden natural”. La promesa de restablecer ese orden puede apelar al deseo de claridad y seguridad de la población.

Estos procesos no se originan exclusivamente en actores de la derecha. Están arraigados en el neoliberalismo autoritario del centro político y social. Las políticas estatales, las prácticas sociales y las interpretaciones culturales se entrecruzan para producir jerarquías en función del género, la raza y la clase, que se consolidan a través de la exclusión y la normalización de la desvalorización.

El aumento de la violencia debe entenderse en este contexto. La violencia de género, la violencia contra las personas queer y la violencia racista pueden interpretarse como una forma de disciplinar los cuerpos y como un intento de restablecer jerarquías cuestionadas y, de este modo, compensar las pérdidas de control social que se perciben.  La posibilidad de recurrir a la violencia se hace más evidente en tiempos de crisis, pero ya está arraigada en las relaciones sociales existentes. Si, en última instancia, se entiende a la división del trabajo en función del género y de la raza, siguiendo a Marx y Engels en La ideología alemana, como otra expresión de las relaciones de propiedad, queda claro que el control sobre la fuerza de trabajo de las personas implica también el control sobre las propias personas. Eva von Redecker destaca que la propiedad implica no solo el derecho a controlar y utilizar algo, sino también la posibilidad de abusar de ello y destruirlo. A través del concepto de “posesión fantasma”, muestra cómo las pretensiones de controlar a otras personas, arraigadas histórica y culturalmente, no desaparecen simplemente cuando se abolieron sus formas institucionales, como la esclavitud o el matrimonio patriarcal. Sin embargo, estas no son meros vestigios ideológicos de antiguos sistemas de dominación. Precisamente porque las divisiones del trabajo basadas en el género y la raza siguen reproduciéndose a través de las acciones cotidianas, las instituciones y las prácticas sociales, las pretensiones de control asociadas a ellas también se reproducen continuamente de forma material. Por lo tanto, la violencia puede dirigirse contra cualquier persona que esté “marcada” dentro de estas relaciones por su género, color de piel u otras características, independientemente de sus circunstancias individuales. También en este caso, las clasificaciones y atribuciones culturales se entrecruzan con las posiciones de las personas dentro de la división social del trabajo y con las pretensiones de control que se derivan de dichas posiciones. Los modos de vida queer se convierten en blancos porque escapan de la asignación a una estructura de género binaria, a su distribución de las personas en esferas concretas de (re) producción y al control estatal sobre las capacidades reproductivas. Los ataques también se dirigen contra quienes se convierten en un lienzo sobre el que se proyectan los temores al declive social y las expectativas precarias de futuro. Esto se aplica a las personas de color, a los desempleados y a las personas sin hogar.

Por lo tanto, la socialización feminista también debe entenderse como una práctica antifascista. La organización de la reproducción social no solo produce trabajadores, sino relaciones sociales en su conjunto. La forma en que se organiza el trabajo socialmente necesario determina qué tipos de relaciones, dependencias, jerarquías y formas de subjetividad surgen de él. El cambio en las relaciones de cuidado no abolirá de un día a otro las formas arraigadas de dominación. Por el contrario, las prácticas de solidaridad deben recuperarse gradualmente tras décadas de individualización e indiferencia neoliberales. Pero la crítica por sí sola no basta. Un antifascismo social también debe desarrollar propuestas prácticas para formas de vida alternativas y relaciones transformadas de solidaridad y cuidado en las condiciones actuales. Para ello serán necesarios espacios, formatos y oportunidades adecuados a través de los cuales las personas puedan desarrollar gradualmente la confianza en el poder de su propia acción y, sobre todo, de la acción colectiva.

Elementos de la socialización feminista

La socialización feminista amplía el concepto mismo de socialización. No se limita a cuestiones relacionadas con la propiedad de los medios de producción, sino que aborda la organización social del trabajo en su conjunto y las formas en que dicha organización se consolida a través de las relaciones de género y una configuración (pos) colonial, así como a través del sexismo y el racismo. Se plantea cómo se interrelacionan la explotación económica, la devaluación cultural y la violencia. Por lo tanto, una perspectiva socialista comprometida con facilitar buenas condiciones de vida para todos debe situar en el centro la organización de la reproducción social y tratar de socializar aquellas formas de trabajo y cuidados cuya privatización, devaluación y precarización siguen sosteniendo la acumulación capitalista. Desde esta perspectiva, se pueden identificar cinco elementos centrales de la socialización feminista como fundamentos para desarrollar enfoques políticos concretos:

  1. La socialización feminista desvincula gradualmente las formas esenciales de las prestaciones sociales de la lógica de la valorización capitalista y del imperativo del crecimiento económico. En su lugar, se orienta a garantizar colectivamente las buenas condiciones de vida y amplía explícitamente las cuestiones de acceso y provisión más allá de las fronteras nacionales y de las distinciones basadas en la situación jurídica.
  2. Rompe la división entre las esferas privada y pública sacar el trabajo de cuidados del aislamiento de los hogares privados individuales y reorganizarlo a través de infraestructuras permeables y diseñadas colectivamente.
  3. Desvía el enfoque de la socialización del control institucional hacia la negociación democrática sobre las prioridades, el acceso y las responsabilidades en los distintos niveles de la sociedad.
  4. Transforma de manera fundamental el significado de la planificación. Las necesidades no se tratan como algo fijo o dado, sino que se entienden como el resultado que surge de procesos de negociación social que incorporan sistemáticamente las perspectivas del cuidado y reconfiguran la forma en que se establecen las prioridades políticas.
  5. La socialización se entiende como una práctica a través de la cual la propia sociedad se produce continuamente. Refuerza las formas colectivas de responsabilidad y, en consecuencia, rompe gradualmente con la individualización y la competencia como principios fundamentales de la organización social. Si se aborda la cuestión desde el punto de vista opuesto, la socialización feminista interviene precisamente en el punto de intersección entre la gestión autoritaria de las crisis y la división social.

La cuestión de cómo estos principios pueden traducirse en práctica política debe responderse y ponerse a prueba en muchos lugares diferentes y a distintos niveles. Sin embargo, ya existen enfoques en los que pueden basarse esos esfuerzos futuros. Entre ellos se incluyen la organización vecinal contra la gentrificación o contra las políticas de vigilancia punitivistas y excluyentes o contra el desplazamiento, así como las “ciudades solidarias” que se oponen al discurso de odio de la derecha y a las políticas de deportación; y los enfoques transformadores de la justicia que buscan respuestas no punitivas a la violencia de género y racista. En varios países también han surgido proyectos de políticas municipales de inspiración feminista bajo el lema "ciudades solidarias". Estas iniciativas pretenden desprivatizar gradualmente los cuidados, desvincularlos de su asignación de género e incorporarlos a la esfera de la responsabilidad pública. Su objetivo es crear espacios de responsabilidad compartida en materia de cuidados, al tiempo que se prestan servicios que se extienden a los hogares y ofrecen apoyo allí donde se necesita. También se centran más específicamente en las zonas grises entre las esferas privada y pública. Esto incluye el desarrollo de nuevas formas de infraestructura social que hagan posibles, en primer lugar, formas alternativas de cuidados, así como servicios de acercamiento a grupos especialmente vulnerables y centros de cuidados que reúnan una variedad de servicios cerca de donde vive la gente.  Todas estas iniciativas pueden entenderse como "proyectos pioneros" en vistas de una transformación más amplia. Por supuesto, no pueden eliminar de la noche a la mañana la separación entre producción y reproducción. Pero sí pueden generar mejoras tangibles en la vida cotidiana de las personas y conectarlas con nuevas formas de interacción social y estructuras de solidaridad mutua. De este modo, pueden sentar una base importante para una mayor organización política y crear espacios en los que sea posible imaginar un mundo más allá del aislamiento, la competencia y las crisis cada vez más graves: un mundo en el que el empoderamiento colectivo se combine con la utopía concreta de unas relaciones de cuidado diferentes. Al fin y al cabo, ante la desesperanza organizada, convertir la esperanza en una realidad vivida y material es más importante que nunca.

Este artículo se publicó por primera vez en alemán en la revista LuXemburg.

Notas al pie:

  1. ^

     K. Marx, F. Engels, Marx-Engels-Werke, vol. 3, 9th edition, Berlin, 1990, p. 32.

  2. ^

    Utilizamos el término “socialización feminista” en consonancia con la historia de los debates y las luchas feministas en el ámbito de la reproducción social; sin embargo, nuestro objetivo es adoptar una perspectiva interseccional que tenga en cuenta de forma sistemática el hecho de que la dominación no funciona de manera aditiva, sino que se entrelaza de múltiples formas.

  3. ^

    M. Candeias, B. Fried, H. Schurian, E. Völpel, M. Warnke, “Reichtum des Öffentlichen”, Zeitschrift LuXemburg, 1/2020, www.zeitschrift-luxemburg.de/artikel/reichtum-des-oeffentlichen 

  4. ^

    Marx, Engels, MEW, p. 32.

  5. ^

    Véase, por ejemplo: Federici (1975), Dalla Costa (1975 [2022]), Vogel (1983 [2019]), Haug (2001), Fraser (2016), y Bhattacharya (2017).

  6. ^

    J. Dück, Soziale Reproduktion in der Krise: Sorge-Kämpfe in Krankenhäusern und Kitas, Weinheim, 2022.

  7. ^

     Haug, “Zur Theorie”, p. 726.

  8. ^

     E. Dowling, The Care Crisis: What Caused It and How Can We End It?, London/New York, 2021.

  9. ^

    El término “salario familiar” hace referencia a un modelo contractual en el que un único sostén de la familia (normalmente un hombre) puede mantener a toda la familia con sus ingresos salariales.

  10. ^

     Haug, “Zur Theorie”, p. 773.

  11. ^

     M. Candeias, “Faschisierung an der Macht”, Luxemburg Online, April 2025, www.zeitschrift-luxemburg.de/artikel/faschisierung-an-der-macht

  12. ^

     P. Wodrich, “Kampfbereit in der Manosphäre”, Zeitschrift LuXemburg 2/2026, www.zeitschrift-luxemburg.de/artikel/kampfbereit-in-der-manosphaere

  13. ^

     B. Fried and A. Wischnewski, “Sorgende Städte: Plädoyer für eine kommunale Sorgepolitik”, Zeitschrift LuXemburg 1/2022, www.zeitschrift-luxemburg.de/artikel/sorgende-staedte

  14. ^

     S. van Dyk and T. Haubner, Community-Kapitalismus, Hamburg, 2021.

  15. ^

     See N. Raha, “A Queer Marxist [Trans]Feminism: Queer and Trans Social Reproduction”, Transgender Marxism, edited by Jules Gleeson and Elle O’Rourke, London, 2021, pp. 85–115.

  16. ^

     See H. Lutosch, „Kein Kinderspiel“, LuXemburg Online, Mayo 2024, www.zeitschrift-luxemburg.de/artikel/kein-kinderspiel

  17. ^

     B. Fried and A. Wischnewski, “Vom Leben her planen”, Zeitschrift LuXemburg 1/2024, www.zeitschrift-luxemburg.de/artikel/vom-leben-her-planen

  18. ^

     U. Huws, “Soziale Reproduktion im Kapitalismus des 21. Jahrhunderts”, Kapitalismus und Kapitalismuskritik, edited by Mirela Ivanova et al., Frankfurt am Main/New York, 2022, pp. 307–335.

  19. ^

     M. Candeias, “Faschisierung an der Macht”, Luxemburg Online, April 2025, www.zeitschrift-luxemburg.de/artikel/faschisierung-an-der-macht

  20. ^

     E. Dowling, “Plattform-Sorge als Care-Fix”, Theorien des digitalen Kapitalismus, edited by Tanja Carstensen et al., Berlin 2023, pp. 206–223.

  21. ^

     M. Altenried, “Mobile workers, contingent labour: Migration, the gig economy and the multiplication of labour”, Environment and Planning A: Economy and Space, 4/2021, pp. 1–16, doi.org/10.1177/0308518X211054846

  22. ^

     C. Wichterich, “Care Extractivism and the Reconfiguration of Social Reproduction in Post-Fordist Economies”, ICDD Working Papers 25, Universität Kassel, Social Sciences Department, 2019, www.uni-kassel.de/upress/online/OpenAccess/978-3-7376-0632-5.OpenAccess.pdf

  23. ^

     N. Fraser, Der Allesfresser: Wie der Kapitalismus seine eigenen Grundlagen verschlingt, Berlin, 2023.

  24. ^

     T. W. Allen, The Invention of the White Race, London, 1997.

  25. ^

     G. Bhattacharyya, Rethinking Racial Capitalism: Questions of Reproduction and Survival, Lanham, 2018.

  26. ^

     Bhattacharyya, Rethinking Racial Capitalism, p. 48.

  27. ^

     S. Nuss, Wessen Freiheit? Welche Gleichheit? Das Versprechen einer anderen Vergesellschaftung, Berlin, 2024, p. 141.

  28. ^

     S. Hall, “Rasse, Artikulation und Gesellschaften mit struktureller Dominante”, Rassismus und kulturelle Identität: Ausgewählte Schriften 2, edited by Ulrich Mehlem, Hamburg, 1994, p. 133.

  29. ^

     See A. Demirović and U. Hamann, “Vergesellschaftung – und dann? Warum wir kollektive Selbstverwaltung erst lernen müssen”, Zeitschrift LuXemburg 1/2022, www.zeitschrift-luxemburg.de/artikel/vergesellschaftung-und-dann

  30. ^

     See L. Becker, „Der Horizont eines sozialen Antifaschismus“, Zeitschrift LuXemburg 1/2025, www.zeitschrift-luxemburg.de/artikel/der-horizont-eines-sozialen-antifaschismus; L. Becker, B. Fried, E. Otzelberger, B. Sauer, and A. Wischnewski, “Für einen Aufstand der Töchter”, Zeitschrift LuXemburg 1/2026, www.zeitschrift-luxemburg.de/artikel/thesen-intersektionaler-antifaschismus

  31. ^

     M. Dyroff, M. Pardeller, and A. Wischnewski (eds.), “#keinemehr – Femizide in Deutschland”, Rosa-Luxemburg-Stiftung, Berlin, 2020, www.rosalux.de/publikation/id/43257/keinemehr-femizide-in-deutschland-1

  32. ^

     E. von Redecker, Revolution für das Leben: Philosophie der neuen Protestformen, Frankfurt am Main, 2020, p. 32.

  33. ^

     S. Nuss, A. Holm, S. Kaufmann, A. Muzzupappa, and I. Stützle, Der verdrängte Kapitalismus: Möglichkeiten und Grenzen antifaschistischer Wirtschaftspolitik, Berlin, 2025, p. ##.

  34. ^

     A. Demirović, “Leerstellen antifaschistischer Wirtschaftspolitik”, LuXemburg Online, Diciembre 2025, www.zeitschrift-luxemburg.de/artikel/kritik-antifaschistischer-wirtschaftspolitik

Más contenidos sobre el tema

Riqueza minera y hambre en el Congo

: Contexto 16.09.2026

El cobalto congoleño alimenta autos eléctricos y la transición verde. A su economía le queda poco.

Crisis de soberanía alimentaria en Gaza

: Análisis 17.09.2026

Las víctimas de la hambruna buscan alimento silvestre; otros pelean por salvar las semillas.

La Guerra Fría por la IA

: Análisis 21.09.2026

El enfrentamiento entre Washington y Beijing también alcanza chips e inteligencia artificial.