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Artículo , : América Latina: el patio delantero

Estados Unidos ya no trata a la región como su patio trasero, sino como el frente donde ensaya un nuevo orden. Extractivismo, finanzas y militarización dibujan un fascismo panamericano que ya muestra sus límites.

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Detalles

Dos sillones ejecutivos, uno con la bandera de EE.UU., entre sillas de plástico rotas en una plantación de bananos.

El imperio estadounidense está en declive. La ultraderecha latinoamericana está en auge. Estas dos trayectorias paralelas son bien conocidas, aunque también discutidas. Sus conexiones suelen ser difíciles de percibir y es un interrogante aún cómo ambos fenómenos se relacionan. En simultáneo, emergen nuevas dinámicas nacionales y regionales al ritmo de las crisis (económicas y energéticas) que sacuden el orden posterior a la Guerra Fría. Si no fuera por la guerra contra Irán, realizada conjuntamente con Israel, parecería que estamos ante una reducción de las ambiciones globales de Estados Unidos. Esto implicaría un regreso a la centenaria doctrina Monroe, cuando Estados Unidos reivindicaba el control hemisférico sobre América Latina como su “patio trasero”, que es precisamente lo que parece estar haciendo Donald Trump con la rebautizada (no muy imaginativamente) “doctrina Donroe”. 

Sin embargo, adoptar este marco de análisis sitúa a la hegemonía estadounidense herida y a su llamado “patio trasero” en el mismo plano que los años setenta y ochenta, o incluso en los últimos doscientos años. Creemos que una metáfora más adecuada para el rol de América Latina actual sería la de “patio delantero”, para dar cuenta de una espacialidad transformada por las intervenciones imperiales y los fascismos emergentes. 

Del patio trasero al patio delantero: un viraje clave

La idea del “patio trasero” tiene una larga trayectoria. Asociada inicialmente a la doctrina Monroe del siglo XIX, el presidente norteamericano Theodore Roosevelt amplió el término para sugerir que los países latinoamericanos eran incapaces de mantener el orden interno. Impulsando una variante de la “diplomacia de cañoneras” (gunboat diplomacy), dio a conocer esta visión enviando una Gran Flota Blanca de doce buques a dar la vuelta al mundo. Más tarde, durante la Guerra Fría, el término se utilizó para justificar las maquinaciones imperialistas y los golpes de Estado respaldados por la CIA de los años setenta y ochenta. La violencia indirecta de la transformación neoliberal, incluidas las reformas de ajuste estructural del FMI, llegó a la región bajo el pretexto de una transición a la democracia primero y de una modernización global luego. Mientras tanto, se ponían a prueba políticas de violencia directa en las sombras de lo que el historiador estadounidense Greg Grandin denominó el “taller del imperio”, antes de aplicarlas posteriormente en el propio territorio estadounidense.

Como subrayan los investigadores Jaime Preciado y Pablo Uc, cada periodo de la doctrina Monroe está marcado por la forma en que se configura el imperialismo norteamericano respondiendo a las resistencias antiimperialistas, en la estela marcada por el cubano José Martí con el llamado a “Nuestra América”. Preciado y Uc ofrecen un útil mapa histórico de cómo han cambiado los regímenes de seguridad y rastrean las diferentes formas que ha adoptado el panamericanismo a lo largo de los siglos pasados: desde un panamericanismo fundacional (1776-1880), hasta uno del “Buen Vecino” (1934-1953), pasando por el de la Seguridad Nacional (1954-1980), hasta el neoliberal (1981-2020). Esta secuencia nos lleva a preguntarnos: ¿en qué momento del imperialismo estamos y a qué luchas antiimperialistas responde?

La novedad, según su perspectiva, es la crisis del “panamericanismo liberal” debido a la imposición de la supremacía unilateral de Trump.  Tal interpretación marca correctamente varios rasgos clave en el giro actual. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, este pasaje se realiza de manera diferente. La crisis del panamericanismo liberal da lugar a un tipo de experimentación fascista que no solo sucede en Estados Unidos, sino también entre y a través del creciente número de países latinoamericanos liderados por la ultraderecha. Aunque articulada de manera desigual, su coordinación y radicalización a lo largo de la región representa una forma emergente de fascismo panamericano. En esta formulación seguimos al historiador Peter Hudson, quien enfatiza que la formación imperial emergente no solo incluye al Cono Sur, sino que de modo simultáneo tiene como imperativo dominar el Caribe: de allí la importancia de los renovados ataques sobre Cuba, Puerto Rico y Haití, así como los bombardeos extrajudiciales contra botes pesqueros, imponiendo una soberanía del miedo. Cualquiera que se oponga a las fuerzas de la ultraderecha, o simplemente navegue cerca de sus costas, puede ser etiquetado como narcoterrorista y eliminado como si fuera un enemigo. 

Si Estados Unidos hablaba del patio trasero para promocionarse como una 'democracia' por encima de sus vecinos latinoamericanos, el patio delantero designa un orden emergente en el que el imperio y sus aliados de extrema derecha persiguen proyectos compartidos.

Hoy en día, los proyectos imperialistas de Estados Unidos se hacen eco del pasado, pero operan en un mundo multipolar muy diferente. La proclamación de la “doctrina Donroe” se produjo mientras caían bombas sobre el Caribe y el océano Pacífico oriental, haciendo explotar un barco tras otro y asesinando a más de doscientas personas bajo acusaciones infundadas de “narcoterrorismo”. Con 12.000 efectivos navales rodeando a Venezuela, la “Operación Lanza del Sur” culminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, justificado igualmente por acusaciones de tráfico de drogas. Mientras tanto, Trump indultó descaradamente al expresidente de derecha de Honduras, Juan Orlando Hernández, quien había sido declarado culpable de tráfico de drogas por un tribunal estadounidense apenas un año antes y condenado a cuarenta y cinco años de prisión. 

El secretismo del Hondurasgate puede recordar campañas de la Guerra Fría como la Operación Cóndor, que apoyó golpes de Estado militares encubiertos y dictaduras en América Latina durante las décadas de 1970 y 1980. Pero también existen diferencias significativas en los proyectos autoritarios e imperiales actuales que pasan desapercibidas cuando se enmarca a América Latina como un mero escenario de manipulación o de confrontación de bandos entre Estados Unidos y China. En ese encuadre se incluye el proyecto propio del secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, quien dijo: “Este es el hemisferio occidental. Aquí es donde vivimos. No vamos a permitir que adversarios, competidores y rivales […] desestabilicen nuestra región en nuestro propio patio trasero”.

Joaquín Torres García, América Invertida, 1943.

Dar vuelta el mapa: la vanguardia en el sur

Tenemos en nuestra memoria el célebre mapa dado vuelta que el artista uruguayo Joaquín Torres García dibujó en 1943 que tiene a Sudamérica en la parte de arriba y que se hizo popular al calor de las luchas antiimperialistas. Estamos ahora en otro giro, un contrapunto con aquella imagen mítica. La metáfora del patio delantero que proponemos pone de relieve el papel geopolítico cambiante de América Latina, así como el crecimiento y la radicalización de sus redes de extrema derecha. Para empezar, el patio delantero alude a un panorama cambiante de expansionismo extractivista, tecnofinanciero y militarista. 

Si Estados Unidos hablaba del patio trasero para promocionarse como una “democracia” por encima de sus vecinos latinoamericanos, el patio delantero designa un orden emergente en el que el imperio y sus aliados de extrema derecha persiguen proyectos compartidos, hacen declaraciones colectivas y dejan de lado las palabras vacías sobre la democracia. Como ilustra la reciente injerencia de Estados Unidos en Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Guatemala, Honduras, México y Venezuela —mediante extorsión económica, sanciones catastróficas, respaldos presidenciales, promesas de seguridad o amenazas militares—, la extrema derecha ya no necesita el golpe de Estado como método principal. El dominio se ejerce de forma jactanciosa y abierta, con todo el humor nihilista y la estética sórdida que alimentan la crueldad celebratoria. Pero, a diferencia del orden de la Guerra Fría —en el que era necesario “limpiar” y “civilizar” a América Latina para que se uniera a las democracias liberales del Norte—, ahora es un lugar donde se ponen a prueba estrategias autoritarias de “salida” (exit) de la democracia liberal.

La internacional de extrema derecha no es una fuerza de retaguardia que persigue una visión más agresiva del imperialismo propia de la Guerra Fría. Es la vanguardia de un orden emergente y experimental de geopolítica de patio delantero. Las nuevas formas de violencia no solo son exportadas desde Estados Unidos hacia sus bastiones imperiales, sino que también emanan del sur hacia el norte. El hecho de que presidentes de extrema derecha como el argentino Javier Milei y el salvadoreño Nayib Bukele se hayan convertido en modelos a seguir para líderes de Estados Unidos y Europa —pero también para actores locales, nacionales y transnacionales de su propio hemisferio— ilustra un marcado contraste entre la década del setenta del siglo pasado y la actualidad. 

La conjunción de una geometría variable que combina extractivismo, financiarización y militarización está dotando a la región de una nueva relevancia geopolítica. Al analizar estos planos interconectados junto a la teórica feminista Raquel Gutiérrez Aguilar, podemos trazar el panorama de un orden emergente en el que la extrema derecha busca desempeñar un papel protagónico. 

La financiarización de la economía, para empezar, fue en su momento un instrumento contundente para la llegada violenta del neoliberalismo a América Latina, que reestructuró por la fuerza la deuda externa y recortó los servicios sociales en nombre de la libertad de mercado. Hoy en día, también surge desde abajo, integrando la especulación empresarial y la reproducción social a través de plataformas digitales y financieras. El extractivismo también está superando las viejas formas. Ya no es solo un sector de materias primas basado en la dependencia y el subdesarrollo, hoy es también una lógica ampliada que reorganiza la geopolítica, la logística global y el propio capitalismo. Por su parte, la militarización no funciona según el modelo de la Guerra Fría, caracterizado por el estancamiento capitalista o los golpes de Estado. Estamos ante regímenes de guerra que son más heterogéneos, fluidos y dispersos. La militarización genera formas reactivas de legitimidad para la extrema derecha, que ahora puede ganar elecciones vendiendo “seguridad” y apuntando a los “enemigos internos”.

La conjunción de una geometría variable que combina extractivismo, financiarización y militarización está dotando a la región de una nueva relevancia geopolítica.

Bajo esta tríada se encuentran las dos pulsiones constitutivas del fascismo de patio delantero: el eliminacionismo y el expansionismo. La pulsión eliminacionista impone la autoridad política mediante la destrucción de colectivos y poblaciones específicas. La pulsión expansionista busca trascender las dinámicas cambiantes del imperio a través de la apropiación violenta de territorios y la acumulación implacable de capital. Ambas operan de forma simultánea y orgánica. Juntas explican la dinámica de avanzada y revelan al mismo tiempo los límites potenciales del fascismo de patio delantero.

Estos límites, en el nivel más general, se solapan con los del capitalismo y el imperialismo. La obra de Rosa Luxemburgo proporciona una brújula para orientarse en sus intersecciones. La acumulación capitalista requiere ciclos repetitivos de expansión, que se extienden a territorios y poblaciones “fuera” de sus fronteras convencionales. Sin embargo, hoy en día, el impulso expansionista va más allá de la descripción luxemburguiana de la geografía y la violencia. La teoría puede, por tanto, actualizarse geográficamente si se entiende la financiarización como la capacidad de organizar la expansión también hacia el “interior”: dentro de la ciudad, dentro de territorios ya colonizados, dentro de los terrenos digitales y dentro de la logística de la reproducción social.

Si el impulso hacia la expansión no está circunscrito geográficamente, tampoco puede reducirse a la expresión de la violencia directa. Esto plantea la cuestión de si el dominio puede mantenerse sin el cultivo de una hegemonía a largo plazo, lo que justifica, por tanto, un complemento gramsciano al análisis de Luxemburgo. Dado que la coacción estatal no basta para consolidar el poder político, este también requiere consentimiento. Al mismo tiempo, cualquier análisis del fascismo de patio delantero debe reconocer también que, al menos para algunos sectores que deben lidiar con el empobrecimiento, la violencia en sí misma puede ofrecer recompensas psíquicas: se trata de afectos vinculados materialmente a mecanismos financieros de especulación y endeudamiento. De este modo, la extrema derecha puede beneficiarse de las recompensas psíquicas de la crueldad. El deseo de alcanzar la libertad empresarial y de superar el papel de víctima suele ir de la mano del deseo de dominar y convertir a otras u otros en chivos expiatorios. Gracias a esas transacciones compensatorias, se articulan aun de modo provisorio apoyos políticos, por muy caóticos e incoherentes que sean. 

Acelerados

A medida que una crisis sigue a la siguiente o se combina con ella, la extrema derecha promete estabilidad mientras persigue la desestabilización a toda costa, algo cuestionable como estrategia a largo plazo. En Argentina, la ultraderecha se enfrenta constantemente a luchas transfeministas, anti-extractivistas, sindicales y callejeras que ponen de manifiesto sus límites: los límites de la individualización de las crisis y, en relación con eso, los límites de la crueldad como vínculo social duradero. Tal y como las resistencias populares se empeñan en demostrar una y otra vez, la desesperación, la angustia y la rabia no pueden resolverse únicamente mediante recursos individuales.

Por lo tanto, no es de extrañar que tanto Milei como Trump hayan experimentado un drástico descenso de popularidad. En las encuestas, ambos llevan meses rondando un índice de desaprobación del 60 %. Detrás de las cifras en Argentina se esconde una situación económica desoladora: las caídas drásticas de los salarios reales, la demanda de consumo y la producción industrial (con más de 30.000 empresas argentinas cerradas en los últimos dos años y medio, según datos de FUNDAR) han supuesto un aumento significativo de la deuda privada y una disminución del nivel de vida. Al mismo tiempo, una serie de escándalos de corrupción siguen salpicando al Gobierno de Milei: desde su participación personal en la estafa de la criptomoneda Libra hasta las denuncias de apropiación de fondos de la Agencia Nacional de Discapacidad.

La difícil situación actual de Trump es, de igual modo, el resultado de sus acciones y políticas más radicales. Entre ellas se incluyen —aunque van mucho más allá— sus escándalos de corrupción relacionados con las criptomonedas, sus aranceles del “día de la liberación”, sus recortes fiscales generalizados para los ultra ricos, los expedientes de Epstein y la resistencia a las deportaciones masivas del ICE en Minnesota y otras ciudades afectadas. Lo que siguió al declive del apoyo popular fue la invasión de Venezuela que, interpretada con arrogancia como un signo de victoria, se utilizó para respaldar la unión con Israel en la guerra contra Irán. Las desastrosas consecuencias han incluido crisis económicas y agrícolas en todo el mundo, y una crisis de poder adquisitivo cada vez más grave en el país. La expansión contraproducente de la militarización hacia el Golfo Pérsico no solo se alejó de las promesas electorales y del enfoque regional explícito en América Latina, sino que también sugiere una eficacia cada vez menor a la hora de invocar la guerra como justificación de sus políticas.

Los experimentos que se promueven en el patio delantero se enfrentan a numerosos límites: la insostenibilidad del endeudamiento para la vida cotidiana, la resistencia a las reformas en la ley de tierras y las confrontaciones con las distintas formas de represión, todo lo cual se traduce en una erosión del apoyo político. A medida que esas limitaciones se perciben y se ven dinamizadas por las luchas sociales, la extrema derecha recurre a la violencia espectacular y genera más crisis. Ya sea a nivel local, en los barrios y las calles, o a escala global, mediante la búsqueda activa de la guerra, líderes como Trump y Milei recurren a la escalada de fuerza. En cada caso, la militarización funciona como respuesta política al agotamiento del consenso. Y este resquebrajamiento del consenso junto a una expresión del malestar, una vez más, abre el escenario del porvenir.

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