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Hoy es muy difícil pensar en el tiempo libre o el descanso sin asociarlo de alguna manera al trabajo. Desde el 1º de mayo de 1886 en Chicago (Estados Unidos) hasta hoy, las leyes y reformas laborales condensaron batallas por el tiempo libre.
El fin de semana y las vacaciones son novedades del siglo XX, pero esta historia comenzó mucho antes. En la Antigüedad, no existían las vacaciones tal como las conocemos. Las pausas se relacionaban con fiestas religiosas o comunitarias y los ritmos agrícolas. El descanso era insuficiente para la mayoría, pero el tiempo no estaba demarcado como lo está hoy, con días y horarios estipulados para no trabajar.
En la Edad Media tampoco existían las vacaciones. Solo se contemplaba un día libre para ir a la iglesia; se descansaba después de jornadas intensas durante la cosecha y durante el resto del año se trabajaba una porción más pequeña del día. La socióloga Juliet Schor estima en The Overworked American: The Unexpected Decline of Leisure (El estadounidense sobrecargado: la inesperada decadencia del descanso) que los campesinos medievales no solían trabajar más de 150 días al año. Era un momento marcado por hambrunas y plagas; el trabajo era muy duro y la expectativa de vida era mucho más corta. Sin embargo, la estimación provocativa de Schor es útil para pensar nuestra relación con el tiempo: hoy le dedicamos más tiempo al trabajo aun cuando la tecnología transformó drásticamente nuestra vida y nuestra productividad es mucho más alta que entonces. Schor agrega otro elemento sugerente a su análisis: además de poner límites a los abusos de los capitalistas, la lucha por la jornada de ocho horas buscó recuperar el tiempo libre arrebatado. Es decir, un tiempo que les pertenece a trabajadores y trabajadoras y es robado o apropiado.
El robo del siglo
El trabajo existió siempre, pero no se medía en horas como sucede en el capitalismo desde su origen. La jornada laboral y la división entre tiempos productivos e improductivos empezaron a ordenar muchos aspectos de nuestra vida. Es una historia más complicada, que incluyó la separación entre los productores y los medios de producción y la explotación del trabajo asalariado, entre otras transformaciones.
El capitalismo se metió en las camas y en los sueños. Antes, las personas se despertaban con el sol o las campanas de la iglesia; así empezaba el día de trabajo. La jornada laboral con horario de entrada exacto hizo que en las nuevas ciudades industriales se crearan formas de despertar a una hora determinada. Durante todo el siglo XIX y bien entrado el siglo XX, en el Reino Unido (cuna de la Revolución Industrial), los knocker-uppers —“despertadores humanos”— recorrían las calles de madrugada con una varilla larga para golpear ventanas o disparaban arvejas secas con una pajita para despertar a quienes debían ir al trabajo. Pasó bastante tiempo hasta que fueron destronados por el reloj despertador —Seth Thomas patentó el primero ajustable en 1876— porque eran caros y no se ganaron enseguida la confianza de la clase trabajadora. Los knocker-uppers sobrevivieron hasta la década de 1920 en muchas ciudades.
El sueño también fue invadido por la iluminación artificial. Con ella apareció un problema doble para nuestra relación con el tiempo: se prolongó la vida más allá del atardecer, pero también se extendió la jornada laboral sin la preocupación de la oscuridad. Esa combinación sembró una de las primeras contradicciones entre el trabajo y la vida: se redujeron las horas de sueño. Uno de los primeros sacrificios fue la costumbre de dormir en dos partes, conocida como sueño bifásico, documentada por el historiador Roger Ekirch en su libro At Day's Close: A History of Nighttime (Cuando termina el día: una historia de la noche). Esta costumbre se fue erradicando en pos de la eficiencia: cuando hay que cumplir un horario, suena lógico hacerlo, pero no es algo natural, como casi nada en nuestras vidas.
En esa misma época se instala el reino del reloj. El historiador David Rooney cuenta en su libro About Time (Sobre el tiempo) cómo los relojes en el espacio público —presentes en las ciudades europeas desde la Edad Media— adquirieron con la industrialización una función nueva: además de marcar el tiempo de la vida comunitaria, se convirtieron en instrumentos de disciplina laboral. Saber qué hora era dejó de ser una práctica cultural para volverse una obligación productiva. Desde la torre, el reloj exhorta a no perder el tiempo, en primer lugar a trabajadores y trabajadoras, pero en realidad a todo el mundo.
Los lunes al sol
Hasta mitad del siglo XIX, la semana laboral estándar consistía en seis días de trabajo y uno de descanso, reservado a la contemplación religiosa. El domingo, después de la iglesia, era común que la gente saliera a divertirse y en varios países existía la costumbre de tomarse el lunes (en algunos lugares como en Gran Bretaña, “santo lunes”). Los salarios eran muy bajos, y en la balanza tiempo-dinero, ganaba el tiempo. Los trabajadores, muchos formados como artesanos en su oficio, no aceptaron automáticamente el tiempo cronometrado: el objetivo era completar la tarea y no cumplir un horario. Esto generó conflictos con los empresarios preocupados por la productividad: las máquinas no debían parar y en consecuencia los cuerpos tampoco.
Con la jornada laboral y la organización del tiempo alrededor de ella, se agudizó la tensión entre empresas y trabajadores. Así como existieron movimientos para poner un límite a la cantidad de horas que se trabajaban por día, surgieron otros para acortar la semana laboral. En la segunda mitad del siglo XIX, el “sábado inglés” sumó medio día al descanso semanal y se instaló como momento de esparcimiento, reforzado por los partidos de fútbol los sábados por la tarde y los programas de bares y teatros posteriores. El domingo se consolidó como día dedicado a la introspección, a la familia y a recuperar energías para volver al trabajo el lunes. Así nació el fin de semana, menos como una concesión filantrópica que como un cálculo que consistió en ceder medio día para ganar uno entero de productividad. El fin de semana de dos días libres apareció en la década de 1920, obra de Henry Ford —atento a la recomendación de un asesor— al ofrecer a los obreros de sus fábricas automotrices más tiempo libre y más dinero con el objetivo de aumentar su productividad y convertirlos en consumidores. El fin de semana como tiempo libre y tiempo de consumo nacieron juntos.
Aunque la conquista de la jornada de ocho horas y el descanso semanal fueron producto de luchas y movilizaciones de la clase trabajadora, la organización de la vida alrededor del trabajo asalariado relegó el descanso a momentos marginales del día. El historiador Alain Corbin, en Histoire du repos (Historia del descanso), explica que hasta mediados del siglo XIX el reparto entre la fatiga y el reposo era sutil, pero “el desprecio de la ociosidad [y] la preocupación por el trabajo bien hecho conducen a descuidar las referencias al reposo”. Explica además que surgen nuevas formas de cansancio, consecuencia de la regulación del tiempo de trabajo y la desaparición de “los intersticios en los que el reposo podía colarse en el pasado”. El hecho de que el descanso ya no forme parte de la jornada laboral consolida la idea de que es una porción de tiempo que no nos pertenece, sino que le pertenece al trabajo, es decir, al empresario. El descanso mantiene únicamente un rol funcional: importa en la medida en que permite que volvamos al trabajo con el nivel de productividad esperado; se transforma en un insumo. Esa reducción y subordinación tienen consecuencias que llegan hasta hoy. El exceso de trabajo es responsable de un tercio de las enfermedades laborales. La Organización Mundial de la Salud y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) estiman que mueren 750 mil personas al año por enfermedades coronarias provocadas por jornadas extensas.
Aunque la conquista de la jornada de ocho horas y el descanso semanal fueron producto de luchas y movilizaciones de la clase trabajadora, la organización de la vida alrededor del trabajo asalariado relegó el descanso a momentos marginales del día.
La consigna que el movimiento obrero levantó el 1º de mayo de 1886 —“ocho horas para el trabajo, ocho para el descanso y ocho para el ocio”— era radical entonces. Sin embargo, hoy, medida con las condiciones tecnológicas actuales, aparece conservadora. Si mantiene su radicalidad es por la voracidad del capital, que exprime cada centímetro del cuerpo asalariado y conquista cada rincón del planeta para la explotación y el despojo. El socialista Paul Lafargue escribió El derecho a la pereza en 1880 con la convicción de que la máquina sería la redentora de la humanidad, “el Dios que liberará al hombre de las sórdidas artes y del trabajo asalariado, el Dios que le dará el ocio y la libertad”. Pero la máquina no fue la redención; sucedió algo contradictorio y tan irracional como la organización del capital: personas hiperproductivas que viven entre la sobreexplotación y el desempleo.
La sobrecarga de trabajo conlleva marcas de género. El trabajo reproductivo o de cuidados ocupa una porción enorme del tiempo de las mujeres. Según la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo del instituto de estadísticas oficiales de Argentina, en promedio las mujeres dedican 6 horas y 31 minutos diarios a ese trabajo (cocinar, limpiar y cuidar), mientras los varones dedican 3 horas y 40 minutos, casi la mitad. Un argumento tramposo dice que esa brecha se explica porque las mujeres dedican menos horas al empleo asalariado, pero no es verdad. Una mujer empleada dedica 5 horas y 39 minutos diarios a tareas no remuneradas, mientras un varón desocupado dedica poco más de 4 horas. Es decir, una mujer que trabaja ocho horas fuera de su casa dedica más tiempo a los cuidados que un varón desempleado. La economía feminista habla de la “pobreza del tiempo”: la falta de horas suficientes para el descanso, el ocio o el autocuidado como resultado de una doble sobrecarga en el mercado laboral y en el hogar. Un informe de 2026 de la OIT sobre siete países de Latinoamérica confirma que esta situación afecta con mayor intensidad a las mujeres y a los hogares de menores ingresos, entre los cuales los monomarentales están sobrerrepresentados.
El tiempo colonizado
La subordinación del descanso no se limita al lugar de trabajo; la distorsión de nuestra relación con el tiempo libre moldea subjetividades. Alain Corbin sostiene que, a partir de la segunda mitad del siglo XX, el ocio reemplazó al descanso, lo colonizó. Todo nos insta a no perder el tiempo. El tiempo libre “tiene que rendir”: hay que tener experiencias, viajar, consumir, no perder la conexión. La industria del turismo desplazó al descanso en los periodos vacacionales; las plataformas digitales ayudaron a borrar el límite entre trabajo y tiempo libre; el tiempo fuera del trabajo asalariado se transformó en una oportunidad de generación de ingresos extra (para subsistir o para consumir). El resultado es una época de estrés permanente en la que el descanso está mal visto porque es profundamente improductivo.
John Lubbock escribió en The Use of Life (irónicamente, publicado en castellano como El empleo de la vida) contra la acusación de que el descanso era un sinsentido: “El descanso no es una ociosidad, y tumbarse a veces en la hierba bajo los árboles en un día de verano, escuchando el murmullo del agua, o viendo las nubes flotar en el cielo azul, no es en absoluto una pérdida de tiempo”. Lubbock hablaba desde una experiencia muy vasta con el tiempo libre —era hijo de un banquero, hábil para las matemáticas y los negocios, y no destacaba por su progresismo, pero sí por inquietudes científicas e iniciativas fuera de lo común–. Una de ellas fue su propuesta de 1871 de establecer feriados bancarios durante los cuales ninguna persona estaba obligada a realizar actividades, como en Navidad o Viernes Santo (entonces feriados indiscutidos). Si en ese momento se enfrentaba a la aceleración novedosa de los ritmos de producción en las fábricas, hoy esa idea de que “el descanso no es una pérdida de tiempo” choca con la lógica de la eficiencia que moldea nuestra relación con el tiempo, nuestras experiencias o vínculos interpersonales: la idea de que todo debe servir para algo.
La subordinación del descanso no se limita al lugar de trabajo; la distorsión de nuestra relación con el tiempo libre moldea subjetividades.
Esa lógica de lo útil (encajada en la trama neoliberal que anida en muchos aspectos de las subjetividades contemporáneas) es fuente de una insatisfacción difusa que alimenta contratendencias. El movimiento tang ping —“estar tirado”— en China nació como respuesta a la cultura del esfuerzo extremo representada por el “sistema 996” (trabajar de 9 de la mañana a 9 de la noche, seis días a la semana), popularizado por multimillonarios como Jack Ma, dueño de Alibaba. No es un movimiento organizado, pero sí un gesto político claro: rechazo a la propuesta de ambición corporativa, a la competencia con los pares. Menos política en apariencia, pero con mayor impacto en el mundo occidental, la llamada “gran renuncia” en Estados Unidos durante la pandemia de Covid-19 dejó en evidencia el conflicto entre la vida y el trabajo. El contexto de pleno empleo es un elemento a considerar; sin embargo, no alcanza para borrar la elección del tiempo sobre un trabajo que exige mucho y ofrece poco. Aunque son muy distintas, ambas expresiones tienen en común el rechazo a la cultura del esfuerzo —no tanto por el esfuerzo en sí, sino por el para qué esforzarse. Son una protesta elemental contra la existencia reducida a la explotación asalariada.
Hace algunos años, una tendencia de jóvenes chinas y chinos simulando ser pájaros para disfrutar del aire y el sol, en la red social Douyin (de donde surge TikTok a nivel internacional), expuso un reclamo mínimo, pero radical: no quiero trabajar, quiero ser libre. Lejos de las sentencias de subjetividad cero y el fin de la historia, el presente devuelve imágenes de nuevas generaciones reconstruyendo tradiciones como el sindicalismo, la organización colectiva y la pelea por el tiempo libre. Mientras la vida siga organizada alrededor del trabajo y la productividad, y no alrededor de la vida misma, el tiempo seguirá siendo un campo de batalla.
Pensar el descanso como rechazo al impulso productivo, y dedicarlo a todo aquello que el capital considera inútil —los afectos, la amistad, el arte, el reposo— pueden ser pequeños actos de rebeldía cuando todo nos empuja a calcular, aprovechar y hacer cosas que sirvan. Y quizás pueda ser un puntapié para pensarnos de otra forma —no solamente como fuerza de trabajo—, e imaginar un mundo donde la libertad no sea solamente un sueño o una tendencia de redes sociales.


